El otro día se retiró Raúl. Lo hizo como transcurrió siempre su vida deportiva, en loor de multitudes. Jugó su último partido como profesional con el Cosmos de Nueva York, la mítica sociedad que albergó al final de sus carreras a Pelé y Cruyff. Postrero fue, también con la camiseta del Cosmos, para otro futbolista español. A diferencia de Raúl, su trayectoria no ha estado casi nunca bajo el gran foco de los medios. Hablo de Marcos Senna, un tipo tan outsider que llegó al cielo montado en el taxi amarillo del Villarreal y al cruzar la puerta, Xavi le quitó el MVP por albergar dentro una promesa que en julio de 2008 aún era sólo expectativa.

Pero Senna fue el mejor de aquella Eurocopa. Como también fue el mejor de aquella España, la primera gran España de siempre, matriz del equipo que luego ganaría un Mundial y otra Eurocopa con el ritmo mecánico de los equipos habituados a la victoria. No había sido así antes. No hasta que Luis Aragonés, un entrenador desahuciado, tomó un par de decisiones drásticas, luego de perder en Suecia a finales de 2007: prescindir de Raúl y hacer de Senna la piedra clave de su inolvidable catedral gótica.

La primera de esas decisiones nubló las demás. Aragonés se convirtió en motivo de escarnio y befa popular. Se le abucheaba en cada concentración del equipo nacional; las gradas de los campos de España le recibían al grito de «¡Raúl Selección!»; en la prensa se hablaba abiertamente, todos los días, de si no estaría senil; tuvo que convocar una rueda de prensa para explicar que no iba a convocar nunca más a un jugador y hasta dos fulanos se grabaron a sí mismos mientras insultaban al entrenador en plena autopista. Está en YouTube.

Pero Luis Aragonés acertó. Desde luego, con Senna también. Cuando Marcos Senna llegó a España, al Villarreal, sólo se sabía de él que era primo de Marcos Assunçao, el brasileño aquel del Betis que lanzaba faltas como morteros de artillería. Era mediapunta. Había ido al Mundial de 2006, recuperando junto al argentino Pernía la tradición de los metecos o asimilados en la selección nacional que iniciaran Di Stéfano y Kubala y siguieran con los años Donato o Catanha.

epa03192120 Villarreal's Marcos Senna celebrates after scoring against Real Sociedad team during the Spanish Primera Division soccer match, Real Sociedad vs Villarreal, at Anoeta Stadium in San Sebastian city, Basque Country, northern Spain, 22 April 2012. EPA/JAVIER ETXEZARRETA

Tenía 26 años cuando llegó a España. Se pasó luego casi dos en barrena, con las rodillas colgando. El Villarreal quiso desprenderse de él, pero Senna hurtó el cuerpo a la desgracia, con la misma agilidad con la que hacía fluir de sus cortas y fibrosas piernas morenas las maneras de regista con España. Ganó dos Intertotos con el Villarreal. Pellegrini lo consideró imprescindible, tanto como para que escoltase a Riquelme hasta las puertas de París, en 2006.

De las semifinales de la Copa de Europa, al Mundial. En Alemania, Senna no destacó especialmente. Tenía entonces España una generación prodigiosa de centrocampistas. Entró en las convocatorias como parte de ese relleno que siempre tiene que haber en las selecciones grandes, y largas. En 2008, Aragonés decidió que tendría un rol principal. Le dio la brújula, le pidió que no fuese trescuartista, sino mediocentro de base, y que reciclase sus extraordinarias cualidades técnicas y físicas en la penosa labor de anticipación, quite, patrullaje y organización de la medular. Y Senna dijo sí.

Su golpeo con la derecha parecía una granada de racimo envuelta en terciopelo. Casillas puede dar fe de ello, pues le metió una ya en su senectud, cuando la Liga de Mourinho, que puso en un brete la Liga, al Madrid, a Casillas y a Mourinho. Tocaba rápido y tocaba fácil, por eso nadie echaba de ver que aquel negrito que parecía un cimarrón no hubiese nacido en Trebujena. Pero Senna, naturalmente, cumplía el papel que la Historia siempre había reservado a los combatientes extranjeros enrolados con España. Senna fue en Austria la Legión.

Por delante de él, Aragonés distribuyó a Xavi, a Iniesta, a Villa y a Silva, en mosaico. Era un 4-1-4-1 de manual, con Torres en punta. Ese sistema lo había puesto de moda dos años antes Wenger, alcanzando la final de la Copa de Europa disputada en París contra el Barcelona de Rijkaard explotando las virtudes de su equipo de aquella manera. Lo que se vio en la Eurocopa de Austria y Suiza de 2008 no tuvo parangón en el fútbol moderno de selecciones. España fue el equipo más vertical, rápido, incisivo y elástico de la competición. Senna rozó el gol dos veces. Una, en cuartos, contra Italia. Un obús suyo, desde Sao Paulo, se envenenó en las manos de Buffon. Sostuvo la antorcha de España en la habitación del pánico que fue aquel partido contra los italianos. Y luego contra Rusia. Siguió estando por delante de Fàbregas, y de Alonso, y hasta de Xavi, quien abandonaba siempre el campo antes que él.

En la final del Prater se comió a Ballack, a Schweinsteiger, a todos los centrocampistas alemanes que planeaban sobre el sueño español como fantasmas de un pasado mitológico. Con el 1-0, España acabó en campo alemán, y Senna pudo marcar el gol de todos los tiempos si su pierna se hubiese estirado medio centímetro más ante el careto de Lehmann. Robó en campo contrario, sacó la pelota triangulando, acompañó la marea de la jugada y llegó al segundo palo: fue box-to-box, lo que jamás había tenido España.

La temporada siguiente nacería Busquets para el fútbol, y Senna terminó relegado. No fue a Sudáfrica, pero yo le eché de menos. Su adaptación a perfiles desconocidos y su capacidad evolutiva, darwinista, para descifrar las necesidades de un equipo sobrado de talento y huero de praxis, ayudó definitivamente a la mutación de España. El gen ganador, lo llamó Luis. A Senna le sobraba. Bajó con el Villarreal, su Villarreal, en 2012. Pero él se quedó para volverlo a subir, porque el Villarreal le dio la fama y le picó el billete de la gloria. Por eso en el Prater, mientras el resto de sus compañeros celebraban la segunda Eurocopa de la Historia de España con banderío de taifas, él, que no era de ninguna parte y sin embargo, era español, festejó la copa envuelto en una bandera del Villarreal. Había rendido el Coliseo y puesto Roma a sus pies.

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