Cuando Carlos Slim se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto

Samsa dixit.

Como cada mañana al despertar, veía sobre el espejo el rostro de la desesperanza.

            Miró sus ojos cansados, sienes como surcos de nunca acabar, su rostro opaco, de aliento ácido, como si estuviera carcomiéndose por dentro, esperando un no sé qué, un no sé cuándo. Había dormido mal. Soñó que tenía que transbordar de la estación Niños Héroes a la Zócalo en una de las tantas hora pico de la ciudad capital. Guardaba aún con él el olor de la muchedumbre. Recordaba haber dormido pasadas las horas después de planear y planear la compra de más acciones en más mercados. Tenía que levantarse del suelo cuanto antes. La víspera, la revista Forbes lo había catalogado como el segundo hombre más rico del mundo, justo por detrás de Gates, y eso no tenía perdón. ¿Acaso no eran suficientes sus 73mil millones de dólares para que se le respetara?, ¿no era suficiente el poseer bienes, acciones y propiedades por aquí y por allá en todos y cada uno de los países de América Latina?, ¿no era él quien hacía y deshacía a su antojo, que ponía y quitaba gobernantes a diestra y siniestra, el que ganaba 27 millones de dólares por hora, el héroe único que lograba hacer contrapeso a la reconquista española; ¡el Rey Midas del mundo moderno!? ¿Nadie se lo iba a agradecer? ¿Nadie podía ver que él era El Futuro?

            Antonio colocó la cucharilla de plata taxquense justo a la derecha del platón con frutos frescos de Veracruz. Como en los tiempos de los emperadores aztecas, cada mañana arribaba a la capital la fruta de temporada que el Amo Slim habría de desayunar. Yogurt natural sobre el melón junto a la porción exacta de miel de abeja real. Jugo de naranja recién exprimido para no perder sus propiedades y quesos delicatessen de Ibérica junto al pan artesanal hecho en la finca. Café orgánico de Colombia, ostras de Namibia para preservar la juventud, choclo peruano regalo del mandatario local para aumentar la potencia sexual, frutillas del buen sentir, duraznos en almíbar para rejuvenecer el interior. Mientras preparaba la bandeja que habría de llevar a la habitación del Señor, Antonio sentía sus tripas hablar. Le decían que tenía hambre, le recordaban su niñez. Había nacido en Tenonsingo, Tabasco, hace 32 años en el seno de una familia que lo único que poseía era el hambre ancestral y las ganas de dormir para poder soñar. Había llegado a la capital en busca de fortuna justo la misma mañana en que su hermana Jacinta murió de tifoidea. Nunca lo supo, no hubo forma de comunicárselo.

            Un sudor frío invadía sus manos. La vista ausente mirando al más allá, Carlos y Antonio unidos por la mansalva. Mientras elegía la corbata a portar ese día, escuchó el toque traspasar la caoba. “Pasa”, ordenó. Antonio aún lucía nervioso, era esta apenas su segunda semana encargado del desayuno del patrón y aún sentía los mismos nervios que experimentó aquella vez en que el cura del pueblo le ordenó lavarse las manos con aguarrás. Buenos días, Señor. No recibió respuesta alguna, en cambio sí percibió el aroma de la soledad.

            Postró sobre la mesilla central la prensa del día justo a un lado de la bandeja con el desayuno del Señor. Puedes retirarte, le ordenaron, mientras veía de reojo y con la cabeza gacha al hombre de color rosado quien se disponía a entrar a la ducha. No obedeció. Escuchó el portazo del cuarto de baño, el lento fluir del agua tibia con aroma a jazmín en el cual el patrón habría de sumergirse. Miró a su alrededor, la alcoba principal era tan grande como el rancho de su tío Manuel. Dos pantallas por allá, un escritorio por acá, libros de piel por doquier, una mesa central con patas de corcel, un espejo que hablaba y un ventanal desde el cual se veía el mundo entero. Y justo allí, pegada a la pared interior, una faraónica cama en forma de pirámide. Se acercó, no pudo evitar la ansiedad de saber a qué olía, cómo se sentía rozar con las yemas de los dedos por entre las sábanas aún tibias, esos mismos dedos que de niño acariciaron a mamá, abrieron la tierra, mimaron el maíz, la penca de maguey del abuelo, las arrugas de la abuela, el agua del río que ya no existe, los labios de Camila, la niebla del amanecer, el humo del atardecer.

            Veía caer sobre su barriga las burbujas del shampoo de miel que ahora se enjuagaba. Imaginaba someterlo a un proceso de fabricación en serie y se preguntaba si sería buen negocio. Tenía hambre pero sentir el agua caliente sobre su cuerpo marchito le hacía sentir vivo; decidió pasar tiempo de más bajo el chorro ardiente, dejarlo caer con fuerza sobre su cabeza. De vez en vez recorría con la mirada los caminos de jabón sobre su cuerpo. Mientras lavaba su entrepierna percibió cierta excitación. Se sorprendió de aún sentir así que aprovechó, bajó su mano e intentó masturbarse pero fracasó. Entonces talló sus pies pensando en los zapatos Armani que habría de calzar. Hoy sería un día importante; dictaría al presidente-televisión las pautas de la nueva privatización del aire, agua y viento que habrían de hacer crecer al país. Su mente divagaba cuando recordó a detalle el sueño de la noche anterior. Mientras se sostenía con la mano derecha postrada en el tubo superior del vagón del Metro, con la izquierda palpaba su billetera, no quería perderla, que algún pelafustán se la robara. Una viejecita de rostro como caimán le dijo en inglés que habrían de bajar en la siguiente estación al tiempo que una estampida de hombres y mujeres, con manos grasientas y olores a mar estancado, le ordenaban ‘¡anda!’. Vio sobre el reflejo de la ventanilla un semblante moreno que resultó ser su propio rostro, ocre como la mano que aún resguardaba su billetera. ‘Estamos arribando a la Estación Zócalo. Próxima estación, Allende’. Luego, luego la hecatombe de pies trastabillando sobre otros pies, gritos de apuro mezclados con mentadas de madre y olores a fango matinal. Después formar parte de esa manada de mexicanos como cabras de montaña que ansiaban bajar del vagón al mismo tiempo, andar por entre mil pasillos subterráneos antes de salir a la calle y caminar rápido para llegar a tiempo al trabajo antes de que el jefe les descontara parte de su sueldo. “Hay que trabajar mucho para que el patrón esté tranquilo”, le decía la viejecita caimán en lengua francesa. Se sintió igual a todos y la pesadilla se convirtió en sueño. Al salir de la estación Zócalo, una pertinaz lluvia roció su cabello, la miró de frente, dejó bordeara su facciones, la sintió sobre la frente y nariz, era cálida y se puso feliz, hacía meses no llovía en la ciudad. Mientras el agua recorría su rostro giró la manija izquierda que cerraba automáticamente el fluir de la ducha. Tomó una toalla tan tersa como la seda y secó su rostro, su pecho, su barriga y su espalda. Sonrió, incrédulo. Limpió del vapor el espejo mientras veía que seguía allí el rostro de la desesperanza. Salió del cuarto de ducha y entonces vio a Antonio durmiendo plácidamente sobre su cama. Palpó el subir de su sangre a borbotones como si fuera una cascada inversa. Percibió el rojo de su incredulidad, sintió todo el odio que se puede sentir, esa ráfaga de coraje que te hace hacer lo que no se debe hacer. Sintió todos los años de trabajo, de ganarse el respeto, perdidos en una mañana en que un haragán ingenuo e irrespetuoso osaba invadir su espacio vital, su proxemia ganada a base de poder y escrúpulos ligeros, todo tirado a la basura en una sola mañana por un pinche jodido sirviente.

            Antonio soñaba que viajaba en Metro y que pedía a un hombre de aspecto bonachón la hora. “Es la hora de despertarse”, le respondían sin percatarse del mensaje. El vagón de Metro olía a flores de jazmín y ungüentos de la abuela. Olía a ayeres menos grises y a un sinfín de risas de niños en la escuela. Olía a la tierra de su pueblo, al carmín atardecer de Tabasco y a los ojos de su hermana. Entonces empezaron a caer gotas del cielo azul en un vagón sin techo donde chispas grandes y pequeñas tenían sabor a duraznos en almíbar, a pan artesanal de la finca del patrón, a café de Colombia con mermelada de arándano. Llovía felicidad en el sueño de Antonio mientras una música divina le adentraba más y más en un sueño de nunca acabar.

            Se acercó al criado con ganas de ahorcarlo. Desaparecer esa vida que no vale nada, nada más allá de una bandeja con el desayuno de la mañana. Uno más entre los 120 millones de inútiles del país. Uno más. Pudo percibir su lento respirar, el continuo vaivén de los párpados al soñar y el olor a todos los días iguales. Con una mano bordeó el rostro de Antonio, imaginó su origen mientras se preguntaba qué estaría soñando. Con la misma mano tomó la frazada recubierta con plumas de ganso y cobijó a Antonio para que no sintiera frío. Apeó su traje de 5mil euros y sus zapatos Armani, salió del cuarto cerrando la puerta parsimoniosamente mientras se dirigía al cuarto contiguo para vestirse. Hoy era un gran día, dictaría al presidente-televisión las pautas de la nueva privatización del aire, agua y viento que habrían de hacer crecer al país.

 

 

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