Fotografías: Wikimedia Commons
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Cuando llegó a la choza, el madrileño suspiró y se dejó caer exhausto contra la pared de adobe. Había caminado durante 24 horas por los cerros selváticos de la Sierra Maestra. Llevaba más de un mes recorriendo Cuba de Oeste a Este. Dormía cada noche en una casa, fumaba habanos, vestía guayabera y lucía un bigote al estilo cubano para no llamar la atención. Sin apenas dormir, sin poder hacer ruido por las noches, sin poder hablar con nadie. Tuvo que sortear mil obstáculos para llegar a donde estaba sin ser detectado por la policía del dictador Batista. Casi se mata cuando su mulo resbaló por una ladera arcillosa mojada por las lluvias. Casi le matan mientras cenaba en una cabaña que fue tiroteada por un convoy militar. Pero en aquella choza estaba a salvo, sentado, sudando en medio del frío de la noche en la sierra cubana. Muerto de cansancio. Así estaba Enrique Meneses cuando una sombra apareció ante él. La silueta del hombre era enorme, medía 1’85, pero visto desde abajo le pareció aún más grande. Una voz de niño afónico, una voz que el mundo entero habría de oír miles de veces, le preguntó:

–¿Enrique Meneses?

–Sí. Soy yo.

–Soy Fidel Castro.

Era Navidad de 1957. Meneses (Madrid, 1929-2013) se convertiría el primer reportero que lograba convivir con los famosos rebeldes de Sierra Maestra (el estadounidense Herbert Matthews había llegado en febrero, pero no convivió con los guerrilleros). El madrileño había llegado al corazón del movimiento revolucionario que cambiaría la historia del continente latinoamericano.

El grupo, conocido como Movimiento 26 de julio (M26), había sido fundado cuatro años antes por el joven abogado Fidel Castro Ruz, el más fiero apóstol que jamás tuviera Cuba. El nombre, 26 de julio conmemoraba el asalto que Castro emprendió en 1953 contra el Cuartel del Moncada en Santiago de Cuba. Con apenas 28 años, lideró un pequeño grupo de revolucionarios nacionalistas y antiimperialistas y se propuso luchar a muerte contra la dictadura de Fulgencio Batista, sostenida por Estados Unidos. El asalto al cuartel fracasó y el líder fue detenido, pero ya se había convertido en un héroe para muchos. La presión popular evitó su fusilamiento. Castro pudo exiliarse en México y en 1956 organizó otro grupo de 82 guerrilleros que desembarcó el 2 de diciembre en el sudoeste de Cuba a bordo del Granma, un maltrecho yate alquilado. Cuatro días después, los guerrilleros llegaron a la costa y fueron tiroteados por los soldados de Batista.

Solo doce sobrevivieron. Tenían siete fusiles. Las posibilidades de vencer eran mínimas, pero Castro estaba convencido de que triunfaría. Fidel se valió de toda su astucia y carisma para convencer al pequeño grupo de que, contra todo pronóstico, vencerían y echarían al gobierno proyanqui. Resistieron en la Sierra Maestra y gracias al apoyo de los campesinos, el M26 creció sin parar y se extendió por el resto de el país. La madrugada del 1 de enero de 1959, acorralado por los revolucionarios, Fulgencio Batista huyó de Cuba para siempre. Desde entonces, Estados Unidos no ha vuelto a contar con un gobierno títere en la isla; los hermanos Castro siguen en el poder 57 años después.

La historia es de sobra conocida. El mito de los barbudos de Fidel, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos se popularizó en el mundo entero. Fue sin duda el acontecimiento más influyente de América Latina en el siglo XX. Cada detalle ha sido mil veces divulgado en entrevistas, biografías y películas. Pero en 1957, cuando Meneses llegó a Cuba, Castro aún era un desconocido en el extranjero.

Pocos conocen la responsabilidad que tuvo el periodista en la difusión de la primera imagen de los barbudos. Lo reconoció el mismísimo Che Guevara en sus memorias: “Hasta que Meneses no publicó sus reportajes, nadie en el resto del mundo se había enterado de que en Cuba había una revolución”.

Cuando le pregunté hace unos años por su primer encuentro con Castro, este madrileño octogenario, espigado, flaquísimo y encadenado a una cánula nasal, sonrió con sarcasmo: “Todo el mundo quedaba atónito ante Fidel. Pero a mí me impresionan muy pocas cosas. Cuando llegué a Cuba ya había recorrido todo África y había estado en la guerra de Egipto, así que tampoco me caí de espaldas por ver a un guerrillero latinoamericano”.

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A pesar de su delicado estado, la firmeza de sus palabras, la voz rota y la mirada de enormes ojos verdes y desafiantes le delataban: de joven debió ser un tipo muy duro. Vivió mucho, fue corresponsal en medio mundo y conoció a varios de los protagonistas de la historia del siglo XX. Y pese a todo, su nombre siempre quedará unido a Cuba, donde solo pasó once meses de su vida.

En 1957 Meneses era reportero de Paris Match, pero había llegado a la isla por pura casualidad. Quería ayudar a su prima, obligada por sus padres a casarse con un poderoso terrateniente de Costa Rica. La prima se resignó a casarse y el madrileño se quedó en su transbordo de Cuba sin nada que hacer. Fue entonces cuando comenzó a oír las hazañas de los barbudos de Sierra Maestra y los intentos fallidos de los periodistas por contactar con ellos. El ejército tenía como misión impedir a la prensa llegar hasta el territorio rebelde. Meneses cuenta su periplo con orgullo: “Los soldados hacían un marcaje tremendo a los periodistas y además, éstos eran un poco tontos, porque iban disfrazados de reporteros de guerra, justo lo que no había que hacer. Comencé a planear mi propia estrategia, evitando los errores que los otros cometían”. El madrileño cubanizó su atuendo, consiguió un contacto en Santiago de Cuba, escondió su cámara en una caja de ron y consiguió tomar un vuelo cañero, que se detenía cuatro veces en los ingenios de caña de azúcar antes de llegar al este del país. Paso el viaje callado y fumando puros como un cubano más.

Tras el encuentro con Castro, Meneses quedó impresionado ante la confianza que los barbudos tenían en la victoria: “Todo me parecía de un simbolismo increíble. ¡Los 12 supervivientes del Granma habían logrado establecerse en la sierra!”. El madrileño convivió cuatro meses con ellos sin saber que iban a convertirse en la guerrilla revolucionaria más famosa y mediática de la historia. En ese tiempo siguió a la columna de Castro, que caminaba de sol a sol y paraba a descansar donde y cuando el jefe decidía. Por las noches, dormía en una hamaca situada debajo de la de Fidel, lo cual, como cuenta, tenía una parte buena y otra mala. Lo bueno era que la corpulencia del líder le protegía de la lluvia. Lo malo: que su conocida verborrea le impedía conciliar el sueño: “Era incombustible. Se pasaba toda la noche preguntándome por la revolución egipcia”.

En el combate de Pino del Agua, conoció al argentino Ernesto Guevara, al que todos llamaban Che. Le pareció “uno más entre los barbudos”. Meneses no supo ver la tenacidad y el temple del futuro mártir asmático, que no mucho después se convertiría en el símbolo de la revolución. Era enero de 1958 y el Che, que empezó siendo el médico de la tropa, ya había cambiado el botiquín por el fusil. El periodista recuerda el irónico sentido del humor del argentino, el asma que le obligaba a moverse mucho más lento que a los demás y la temeridad de la que tantos hablan: “En el combate de Pino del Agua, cuando las balas aún sonaban en el aire, el Che disparaba a los enemigos sentado encima de un tronco con la pipa en la comisura de su boca, mientras los demás estábamos agachados protegiéndonos. Era un suicida. Decía que la pólvora era lo único que le quitaba el asma”. También recuerda la meticulosidad con la que organizaba su campamento: “Había construido un pequeño hospital, un taller de reparación, una panadería, una zapatería y hasta una sala de ‘Prensa extranjera’ solo para mí. Yo le llamaba Robinson Crusoe Guevara”. Incluso fabricó un proyectil cilíndrico que disparaba piedras a un centenar de metros. “Causaba pocas bajas pero el ruido que hacía sembraba el pánico tanto como un obús de 81 milímetros”. Según el madrileño, tuvieron varias conversaciones sobre Franco y la ausencia de una guerrilla revolucionaria en la España dictatorial. En sus memorias, Pasajes de la guerra revolucionaria, Guevara también recuerda al periodista español cuyos reportajes “tuvieron repercusión en el mundo entero”.

Semanas después de conocer al Che y a Fidel, el periodista se las ideó para enviar a Miami sus fotos, sus vídeos y su trabajo en papel en las enaguas de una cubana llamada Pilar. El material llegó a la redacción de Paris-Match con la advertencia de que no se publicara hasta que Meneses estuviera fuera de la isla. La prensa cubana había revelado su presencia en el país y el Gobierno le había amenazado de muerte por ayudar a los insurrectos. Pero todo se precipitó cuando un grupo de rebeldes de La Habana secuestró a Juan Manuel Fangio, el entonces campeón de Formula 1 de nacionalidad argentina. Paris-Match aprovechó la oportunidad mediática y decidió publicar los reportajes de Meneses con el título Con los rebeldes que han secuestrado a Fangio. Las fotos de los líderes de la revolución tuvieron un éxito fulminante y dieron la vuelta al mundo. La revista sacó un número especial de 500.000 ejemplares y Fidel Castro se convirtió en una estrella a nivel mundial. Batista suspendió las garantías constitucionales y la foto del periodista responsable empezó a multiplicarse en las patrulleras de policía.

Los rebeldes habaneros que habían secuestrado a Fangio presentaron sus quejas ante Castro: no soportaban que todo el protagonismo del golpe se lo llevaran los barbudos de la sierra. Exigieron que Castro y sus hombres se afeitasen para no marcar las diferencias a la hora de la victoria y que Meneses bajara a la ciudad para escribir sobre ellos.

El periodista se negó a participar con “gente que pega tiros en la nuca a policías” y, según cuenta, convenció a Castro de que no se cortase la barba. “Le dije: tú guarda tu barba, porque tarda muchos meses en crecer y es vuestro carnet de identidad en todo el mundo. Vuestra barba evitará que se infiltren impostores y que los soldados confundan a los guajiros con rebeldes. Además, si te afeitas, las miles de fotos que he hecho no servirán para nada”. Castro, quizás consciente del poder de la imagen, nunca se cortó la barba. Pero obligó al periodista a ir a la capital a cubrir la resistencia urbana.

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En La Habana, perseguido por la policía de Batista, Meneses sufrió la experiencia más peligrosa de su viaje, quizás la más peligrosa de su vida. “Yo no le tengo miedo a nada. Pero huelo el peligro y soy consciente cuando me estoy metiendo en un sitio jodido. Y en La Habana había más peligros que en la Sierra. ¡A mí el sonido de las balas en los combates no me da miedo! No me hace ningún efecto, porque sé muy bien que la bala que te da es la que no oyes. Los jóvenes periodistas están obsesionados con los tiroteos de las guerras, pero el peligro de verdad viene cuando uno hace tonterías como ir con el uniforme de uno de los bandos. ¡No se le ocurre ni al que asó la manteca! Yo sabía cómo aparentar ser uno más”.

Tras once meses de incógnito en Cuba, la policía de Batista consiguió identificarle y arrestarle. Estuvo ocho días encerrado en la cárcel, ocho largos días recibiendo palizas para que delatase a los rebeldes. “Me acordé de un amigo norteamericano que había sido prisionero de los norcoreanos y seguí sus consejos: acompañaba cada golpe moviendo la cara hacia el lado al que me estaban pegando. Jugando a ese juego dolía menos”. Mientras movía la cabeza al son de los puñetazos se distraía multiplicando 3.905 por 824 y memorizando una cuarteta que había en la mesa del oficial en la que ponía: lo que escuches aquí, lo que veas aquí, lo que suceda aquí, por favor, olvídalo aquí. Meneses estaba convencido de que le iban a matar. Esas palabras memorizadas entre golpes, se le quedaron grabadas por el resto de sus días.

Su condición de periodista español le salvó de la muerte. Fue expulsado de la isla. Cuando iba en el avión, atravesando Cuba en dirección a Europa, no podía dejar de mirar por la ventanilla pensando que allí había estado él, junto a los revolucionarios que cambiarían la historia.

Dos semanas después ya estaba en El Cairo, como jefe de la corresponsalía de Paris-Match en Oriente Medio. Nunca volvió a Cuba. Asegura que en la sierra, Castro le propuso hacerle ministro de comunicación cuando triunfara la revolución. Meneses se negó: “Un periodista es un aventurero y le importan un bledo el dinero y el poder. Hay quienes quieren convertir esta profesión en algo honorable o solemne. No se dan cuenta de que este es un oficio de aventureros y vividores”.

Cuando por fin leyó los reportajes de Meneses, Castro entró en cólera. Nunca le perdonó que divulgara la presencia de comunistas en la sierra. En aquel momento inicial de la revolución, le convenía mantener las buenas relaciones con los Estados Unidos. No le convenía revelar la filiación ideológica de su movimiento. Hasta 1962 no se declaró comunista.

Gracias a la difusión periodística de la guerrilla, la Cuba revolucionaria comenzó a llamar la atención del mundo hacia un continente olvidado e infravalorado. El día que le entrevisté, tras 53 años de revolución, el periodista reconoció que los avances en educación y sanidad han sido éxitos incuestionables de Castro, pero no aceptó la carencia de libertades impuesta por el régimen. Cuando llegó a Cuba el índice de analfabetismo era de un 80 por ciento y hoy es del 0 por ciento. “Sea como sea”, comentaba, “Fidel no es el que era en la sierra, le han robado su revolución y hoy la transición es la única vía para que la economía del país levante el vuelo de una vez por todas”.

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La experiencia de Meneses es un ejemplo del sacrificio, la entrega y la destreza necesaria para ser reportero de guerra: «Cuando decidí hacerme periodista, ni pensé en estudiar el oficio; me fui directamente a Oriente Medio sin billete de vuelta y quemando las naves como Hernán Cortes». Su valor, su carácter aventurero y su soltería le permitieron ejercer el oficio de forma óptima, sin pensar en el peligro. Fue corresponsal en decenas de países y  fotografió y entrevistó a varios de los personajes más influyentes del siglo XX, como Nasser, Hussein de Jordania, el Dalai Lama, Martin Luther King o Mohammed Ali.

Hasta sus últimos días Meneses continuó publicando artículos y fotos en su blog y arremetiendo contra los jóvenes periodistas, “los 20.000 periodistas salidos de facultades que no sirven para nada, que se quejan por todo y sacrifican una vida de aventura por tener un sueldo, un horario y un sitio fijo en una redacción copiando teletipos”. “Son la gente más apocada del mundo”, me contó con su mala leche característica. Él con 25 años recorrió África de norte a sur sobreviviendo como pudo, “pero los chicos de hoy solo quieren ir a Londres o a Disneylandia”. Algunos jóvenes licenciados acudían a él, quejándose de que no saben cómo hacer para ser corresponsal, porque nadie les contrataba. “Me río de ellos”, comentó inclemente, mientras tosía y se colocaba la cánula de oxigeno. “Les digo: haz como Gervasio Sánchez, como Miguel Gil, como Ricardo Ortega, como yo. Compra un billete y vete con dos cojones a buscarte la vida. Si tuviera 25 años estaría en Siria y habría estado también en Libia, tal y como estuve en Cuba. Si uno apunta alto, puede llegar a cualquier sitio. Y si te matan, simplemente pagas el precio de tu manera de pensar y de vivir. Es mucho mejor que morir de cáncer en la cama, te lo aseguro. Pregúntale a un actor donde quisiera morir. En el escenario, te dirá”.

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