En 1989, poco antes de la caída del Muro, se hospedó en mi casa un pintor de la RDA que atacaba los lienzos con una enjundia que consideraba “post-expresionista”. Durante su estancia en el DF, se aficionó a los mercados, al tequila y a despertar a las dos de la tarde. Alargó su estancia hasta que una amiga común aceptó recibirlo. Sin saberlo, fuimos testigos de una trama oculta de la Guerra Fría (esto suena más emocionante de lo que es, pero lo dejo en suspenso para crear tensión).

De 1981 a 1984 viví en la RDA, donde fui agregado cultural de México. Como a todos los diplomáticos, se me vigiló por rutina. A veces era fácil descubrir a quien trataba de ser mi “sombra”. El camarada Antonow, de la embajada soviética, parecía un conspirador inventado por Chesterton; es decir, un espía disfrazado de espía. Hacía preguntas impertinentes y ponía a prueba mi adhesión al socialismo. Tuve mejor trato con los camaradas Kotow y Agayan, expertos en coñac búlgaro, mujeres del Pacto de Varsovia y chistes anticomunistas. Tal vez los verdaderos espías eran ellos. Esta hipótesis cobra fuerza a la luz del “caso Martin Winkler“: el más simpático de mis interlocutores en la diplomacia de la RDA, al que despedí con una fiesta cuando partió en misión a Montevideo, era espía de la RFA.

Cuando Alemania se reunificó, solicité mi acta secreta al Bundesbehörde, la oficina que custodiaba los archivos de la Stasi (Seguridad del Estado). A diferencia de lo que ocurrió después del nazismo, la sociedad alemana decidió lidiar con su conflictivo pasado y abrir las actas del espionaje. Algunos pensaron que esto daría lugar a una cacería de brujas, pero el país mostró una excepcional madurez para conocer los entretelones de una vida fundada en la persecución y la paranoia, donde uno de cada tres habitantes era “informante no oficial” de la Stasi. La mayoría de mis amigos prefirió no investigar su pasado por temor a decepcionarse de lo que sus seres queridos habían tenido que hacer para conservar su trabajo, obtener una beca o viajar al extranjero.

En ocasiones, los mensajes de los ciudadanos convertidos en espías eran perfectamente inocuos. En su novela Héroes como nosotros, Thomas Brussig se burla de los miles de informantes que escribieron infundios, disparates y tonterías para salir del paso ante la burocracia de la delación. Esa trama recuerda a Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene, donde un espía copia el diagrama de una aspiradora y lo manda en un reporte secreto, fingiendo que se trata de una base militar enemiga.

Aquí es donde el pintor “post-expresionista” vuelve a escena. Al revisar mi expediente, me sorprendió que la última entrada hubiera sido escrita en 1989. Yo llevaba cinco años fuera de la RDA y no ocupaba ningún cargo público. Mi importancia geopolítica era nula, pero mi carpeta se seguía abultando. Esto habla del automatismo y la extensión de la vigilancia: una vez desatada, la red de la denuncia no podía frenarse. No menos absurdo fue que la Stasi confiara en los juicios de mi huésped, tan torpe que se “ocultaba” bajo el apodo de Der Maler (El Pintor).

Otra revelación, más difícil de aquilatar, fue saber que también el novelista Fritz Rudolf Fries informaba de nuestros encuentros. Nacido en Bilbao, dominaba el español a tal grado que tradujo Rayuela al alemán. De niño había sobrevivido al bombardeo de Dresde y su padre murió en la guerra. Nunca aceptó la estética del realismo socialista y publicaba con mayor frecuencia en la RFA que en su propio país. Sin ser un disidente, era visto como enemigo del oficialismo. El mundo literario se enteró con sorpresa de que, de 1972 a 1985, había espiado con el sobrenombre de Pedro Hagen, y su reputación quedó arruinada.

Cuando mi novela El disparo de argón se publicó en alemán, escribió una reseña generosa en la misma máquina de escribir en la que reportaba a la Stasi de nuestras conversaciones. Crítico y delator, expresó las contradicciones de un sistema que perseguía por el “bien del pueblo”.

El Muro fue la agraviante expresión física de una nación donde la gente podía estar dividida por dentro: Fritz Rudolf Fries respondía a su conciencia y Pedro Hagen obedecía al Estado. Reunificar dos patrias es más fácil que reconciliar las dos vidas de una misma persona.

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