Como tantos otros de mi generación, tuve la suerte de poder leer Cien años de soledad antes de que la obra y su autor se convirtieran en sendos monumentos. Empecé el libro una tarde de aburrimiento adolescente. Podría haber elegido cualquier otro, pero me llamó la atención el título tan lleno de spleen puberal. Y una vez leída la primera frase ya no pude dejar de leer, nunca había podido siquiera pensar que se pudiera escribir de esa manera: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.  ¿Cómo es posible que el autor empiece el libro diciéndonos que van a fusilar al protagonista?

Después ya iría conociendo a José Arcadio, a Úrsula, a Aurelito antes de que fuera coronel, y me daría cuenta de lo engañoso de esa primera frase. Pero la magia del estilo profético seguiría intacta, los avances de la trama que el narrador supremo va regalando al lector mientras deja que sus personajes luchen contra un destino que va a resultar inamovible. Hay una mezcla de empatía y crueldad en el tratamiento que da García Márquez a los personajes de esta novela que por sí sola ya la haría merecedora de toda la fama que tiene. Además del hecho de que el autor trata a cada personaje como si fuera el protagonista absoluto de la obra, no hay caracteres secundarios en la familia Buendía y los patriarcas de la estirpe tienen que tener cuidado de que las mujeres formidables de la familia no les roben protagonismo.

La trama del libro es la de un culebrón familiar, pero hay muchas formas de contar una misma historia y García Márquez ha elegido para la familia Buendía la que mejor le iba al lugar y tiempo en los que les tocó vivir: la estirpe Buendía necesitaba que su historia fuera contada con el tono épico y primitivo de las sagas del Antiguo Testamento y con la ambientación de milagros cotidianos propia de la mezcla de superstición y naturaleza desbocada del Caribe. Lo que el gran escritor caribeño Alejo Carpentier llamó muy acertadamente “lo real maravilloso” y que en el caso de García Márquez recibió la desafortunada etiqueta de “realismo mágico” que tanto daño iba a hacer en la literatura de las décadas posteriores. Los fenómenos prodigiosos de esta novela no lo son tales para sus protagonistas, lo maravilloso forma parte de su vida diaria donde no existe la frontera entre creencia y realidad. Diluvios, lluvias de sapos, ascensiones a los cielos y bebés con rabos de puerco: todo esto es aceptado con la mayor naturalidad por unos personajes que aún no han descubierto el cinismo postmoderno y requiere una aproximación igualmente desprovista de prejuicios de estilo y forma por parte del lector.

Por desgracia, una lectura ingenua y deshinibida de esta novela ya no es posible. Desde entonces hemos tenido el boom, la polémica con Vargas Llosa, el Nobel, Internet, Wikipedia, Facebook. Es imposible no saber quién es García Márquez, desconocer su afiliación política, sus declaraciones, sus actos públicos. Ya no hay manera de separar la obra de su autor y leerla con los ojos ignorantes de una quinceañera aburrida. Mi hija prefiere no ver fotos del autor en la solapa de los libros, dice que verle la cara al escritor le condiciona la lectura. Creo que tiene razón.

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Gabriel García Márquez. Ilustración de Jorge Berenguer para Negratinta. © Negratinta 2014

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