Nos hemos acostumbrado a ver la vida desde fuera, a tocarla por la tangente, a ir con las ruedas traseras de la bici; a la monotonía de navegar un mar en calma. Nos hemos acostumbrado, con cierto temor de que se despierte, a pasar por la vida sin hacer demasiado ruido. Lamentablemente, como se dice en la tauromaquia, nos hemos acostumbrado al burladero; a ser funambulista con red. Al placebo. Nos hemos acostumbrado al placebo de la vida. A la estabilidad y la comodidad de una vida artificial. A la línea horizontal del electrocardiograma a un corazón que no late. A una tierra, a una sociedad y a una cultura sin movimientos sísmicos, sin tormentas. Vacía, lineal, muerta.

Hemos creado una identidad colectiva, más lineal, más fácil. Una identidad lineal que profundiza poco a la verticalidad del alma, incluso en la de pueblo. Hemos logrado una identidad colectiva en detrimento de la individual; por ejemplo, ahora mismo, escribiendo esto con Times New Roman. A muchísima gente le da vergüenza enseñar su letra. Antes daba igual enseñar la letra porque todos la enseñaban. Me sabía la letra de todo aquel que estuviera a mi alrededor y ahora no me sé la de nadie. Todos escribimos con Times New Roman. La letra de uno se ha convertido en algo realmente íntimo; y enseñar el puño y letra, en unos años, se convertirá en el nuevo “me enseñó las braguitas”. No sabemos de la erótica de la letra hasta que la tenemos en peligro de extinción. Y al final desaparecerá.

De todo ello se ha empapado la Literatura, ya que al fin y al cabo una gran parte de ella es el reflejo de la sociedad. Libros que no cuentan mucha cosa, donde es más importante la forma que el contenido. Algunos son templos magistrales, con una forma divina, un dominio perfecto de la técnica y con un acabado digno de los mejores maestros artesanos; pero dentro del templo no hay nada. No hay nada a qué rezar. Nada que aprender más allá de pasar un buen rato de ocio individual y disfrutar de la trama argumental y los trucos de guión de algunos maestros artesanos. Acaban siendo castillos abandonados que perduran en el tiempo, pero sin vida dentro, como una película donde sólo hay efectos especiales. Palabras sin sangre, sin vida. Copas vacías. Palabras muertas antes de nacer.

Siempre ha habido excepciones, personas que han buscado más allá, que han ido a lugares prohibidos y que después nos han explicado qué han visto. Ha habido personas que se han dado la vuelta a los ojos y han visto qué hay dentro del alma humana. Gente que ha vivido al límite del dolor humano, viendo hacia el mundo de las cosas invisibles. Enfrentados cara a cara y espada a espada con la vida y sin el escudo del cinismo. Personas que se han adentrado en la selva inexplorada de la vida y nos han enseñado tesoros de mundos lejanos; y mil historias en cada cicatriz, en cada herida mortal. Personas que han pasado la tormenta y han sobrevivido a los movimientos sísmicos emocionales. Personas que se han atrevido a caminar por las brasas del fuego que otros, e incluso ellos mismos, hicieron. Y son estos los que escriben con sangre, los que dan vida a las palabras, los que llenan las copas de buen vino, los que podrías leer en la punta de un cuchillo. Son el latido de un corazón en la línea horizontal de un electrocardiograma. Estas personas sí combinan talento literario con la sangre, con la vida, con la herida. Pueden hacer verdaderas obras de arte capaces de hacer llorar a cualquier estatua egipcia. Aristócratas y artesanos de la luz, el fuego y los nervios.

Ahora hemos tenido un naufragio económico, social y cultural. Ya no es el amor que llega como flecha de fuego a un muñeco de madera. Estamos pasando por la tormenta, por los movimientos sísmicos. Somos los latidos del corazón a la línea horizontal y pasados ​​unos años nos verán como una sacudida en la línea de nuestra historia. La ruptura del equilibrio, la armonía y de la estabilidad. Un cambio brusco. Y estoy convencido de que dará frutos en la parte del arte que teníamos en barbecho. Unos frutos que se comerán otros. Un arte que disfrutarán otros. Aquel arte de sangre, de vida, de heridas, de historias con la fuerza de un rayo que parte una roca. Este naufragio social, de sufrimiento, de angustia, se convertirá en arte, porque siempre ha sido así: la oscuridad siempre da a luz.

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