Fotografía: Juan F. López

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Dialogados es un proyecto de periodismo tranquilo que quiere recuperar el tiempo para el diálogo. Son los testimonios personales los que muchas veces ayudan a entender un momento, un lugar, una obra, una generación. Son las emociones transmitidas las que pueden ayudarnos a comprender una utopía en un tiempo exacto.

Un violín discreto y enfundado desciende por la Gran Vía. Le acompaña un músico de maneras prudentes que pasa desapercibido entre los viandantes pese a su melena enrevesada y sus rasgos exóticos, forjados por herencias cercanas y remotas y mucho de nomadismo en su pasado y presente. Ara Malikian (Beirut, 1968) es, como le definen sus amigos, ese galgo disciplinado que sobre el escenario, cuando le quitas la correa, se vuelve loco. El cristal rojizo de sus gafas de sol a lo Ozzy Osbourne apenas disimula el cansancio por las pocas horas de sueño después del concierto de la noche anterior. Por delante le quedan otros ruedos importantes con los que pondrá el broche a su gira 15. Pero, paradójicamente, esa es la vitamina que le mantiene despierto, mucho más que el granizado de frutas, “o más frío que sea posible”, que comparte desde las alturas de Madrid. A lo lejos se divisa el Teatro Real, el mismo donde se curtió en el foso y que luego lo aplaudió como protagonista único sobre el escenario. Los dedos se le escapan entre las cuerdas acompañando los ritmos pop del hilo musical; mientras, nos dice que en estos tres lustros que lleva en España ha crecido y creado un montón. En este tiempo también ha reconciliado a muchos con la música clásica y ha demostrado que, sin etiquetas, todo es posible.

–Cantaba Gardel en Volver “que 20 años no es nada”. ¿Qué han sido los últimos quince en la vida de Ara Malikian?

–Es verdad que los años pasan muy rápido. Estos quince que ahora celebramos han sido maravillosos. He podido hacer mucha música y muchos viajes, he descubierto nuevos ritmos y he conocido a mucha gente. ¡Estoy feliz!

–¿Y, como en el tango, tienes algún regreso pendiente?

–La nostalgia es un sentimiento al que temo. Intento ignorarlo. Siempre vivo el presente sin mirar atrás. Tampoco es que piense mucho en el futuro pero lo que es en el pasado, realmente, muy poco. He vivido muchas cosas en mi historia, algunas bonitas, otras no tanto, pero ahí quedan. Soy de olvidar rápido.

–La música ha jugado siempre un papel fundamental como elemento de identidad para el ser humano y para los distintos pueblos y culturas. ¿Cómo condicionan tus raíces armenias y libanesas esta pasión en tu vida?

–Todo es un conjunto. No solo me considero armenio y libanés, también me identifico con muchos otros sitios. Con el tiempo he aprendido a no sentirme de un lugar. Mis raíces están ahí, por supuesto, pero también llevo muchos años viviendo España y antes pasé una temporada larga en el norte de Europa. Todo marca. Después de tantos años, desde los quince fuera de mi familia, he aprendido a asimilar algo de todas las culturas en las que he tenido la suerte de vivir. La música me ha ayudado mucho a crecer. He intentado entender la música libanesa y armenia, pero en Alemania tuve la oportunidad de acercarme a la música zíngara y a la judía, igual que aquí en España al flamenco y a un montón de estilos más. Y aquí estoy, preparado para asimilar muchas músicas nuevas.

_DSC2906–Es verdad que la gente se empeña en ponerte etiquetas pero, probablemente, eres de las personas más inclasificables.

–Creo que sí. Ni siquiera yo sé cómo describirme o clasificarme. Creo que no hay por qué clasificar ya a las personas. Es absurdo. ¡Somos todos tan diferentes! Eso es lo bonito. Hoy en día muchos conflictos nacen de las diferencias. Hay que combatir esa realidad. En lugar de molestarnos el que seamos diferentes u opinemos de un modo distinto deberíamos disfrutar y enriquecernos de esa diversidad. El que pensemos de otra manera solo puede hacernos crecer.

–Lo que en Beirut fue una intuición, el amor por el violín, empezó a tomar forma en Alemania. ¿Siempre fuiste autodidacta?

–Fue poco a poco. Mi padre era muy severo, me hacía practicar de un modo muy académico. Luego, cuando fui a Alemania entré también en una academia. En ese sentido tuve una primera época muy clásica. Pero luego, poco a poco, me di cuenta de que ese no era mi mundo, no encajaba allí, no me sentía a gusto. Empecé a hacer otras cosas que estaban mal vistas. Fue casi inevitable el que me consideraran un rebelde. Pero para mí no era rebeldía, era necesidad de profundizar en los intereses que tenía: descubrir otros músicos y otras músicas, llegar a otras culturas. Hoy creo que esa parte de mi historia me ayudó a crecer mucho. Si lo pienso, de donde más he aprendido ha sido de mis viajes y de mis encuentros.

–¿Podríamos decirle entonces a los que tiran la toalla en los conservatorios que no todo está perdido?

–Absolutamente. Obviamente, los conservatorios son muy importantes, porque te dan un bagaje técnico y sin esa técnica es difícil hacer luego todo lo que tú quieras con tu instrumento. Pero creo que podría recomendar solo una parte de los conservatorios. Lo que echo de menos en los conservatorios es que te enseñen a ser libre, es lo que falta. El conservatorio y las enseñanzas académicas son maravillosas porque te enseñan el rigor pero luego no te enseñan a soñar. Parece que solo te quieren enseñar para que tengas tu puesto de trabajo. Y ahí no se acaba el arte, justo ahí tiene que empezar y después de los estudios tienes que saber cómo crecer, cómo volar.

–Tú llegaste a Europa como refugiado. La crisis humanitaria ha visibilizado una realidad que venía de muchos años atrás y la respuesta política está dejando mucho que desear.

–Es lamentable cómo se mira para otro lado.

–A pie de calle parece que tampoco tenemos las cosas claras. Entre los ciudadanos, la solidaridad se pelea con el miedo a lo desconocido. Hay mucha distorsión de la realidad y parece que no tenemos ni claro conceptos históricos como el de libertad. Estas últimas semanas la bronca viene a cuenta del burkini.

–La cuestión es muy compleja. Lo primero que tenemos que hacer es luchar por nuestra libertad respetando la de los demás, libertad de pensar y de actuar. Siempre la libertad tiene que estar ligada al respeto. Ser libre es maravilloso mientras respetemos que los demás sean libres a su manera. Cada uno tiene su propio concepto de libertad. Es cierto que hay una desinformación muy grande en torno a la realidad de los refugiados y sobre el terrorismo vinculado al fanatismo. Preocupa mucho la falta de luz. ¿Por dónde podemos empezar para solucionar este problema? Yo, en primer lugar, me quedo con la parte humana: intentar entender el sufrimiento de toda esta gente.

–A comienzos del verano volviste a tu tierra, el Líbano, y compartiste tu música con los refugiados en los campos de la frontera con Siria. ¿Qué fotografía quedó en tu retina?

–Lo que me encontré fue un poco peor de lo que me esperaba pero, en medio de todo, también había cosas bonitas. Los refugiados, que en el Líbano son más de un millón y medio en un país donde viven solo cuatro millones de habitantes, están pudiendo sobrevivir gracias a la labor de las ONG. Están sobrellevando situaciones muy difíciles pero por lo menos tienen sanidad, agua, comida… Estas organizaciones están haciendo un grandísimo trabajo. Lo más triste y preocupante es que esos refugiados no tienen ninguna visión de futuro, no saben qué va a pasar con ellos, están pendientes de decisiones políticas que probablemente nunca lleguen.

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–Se corre el riesgo de convertirse en una situación crónica, como el caso de los refugiados saharauis.

–Sí. Desconocen cuánto tiempo van a vivir en aquellas casas hechas de basura. Pueden estar allí cinco años –que son los que llevan ya muchos de ellos, los que llegaron con el principio de la Guerra de Siria– o puede que estén otros 20. Su situación es muy difícil, especialmente en el Líbano, porque es un país que no ha firmado el protocolo sobre el Estatuto para los Derechos de los Refugiados. Esto quiere decir que estas personas no tienen derecho a trabajar, ni en el caso de los niños derecho a estudiar. Por si fuera poco, tienen que pagar por estar en estas tierras donde viven. Como no les permiten trabajar acaban haciendo trabajos forzosos o ilegales. En algunos casos venden hasta a miembros de sus familias. Todo es muy difícil y muy triste.

–Parte de la recaudación de este tramo final de tu gira irá destinada a ayudar a las organizaciones que trabajan sobre el terreno.

–En realidad lo económico es lo de menos. Hombre, siempre le viene bien a las ONG tener ayudas, pero para mí lo más importante es concienciar e informar de la situación que hay. Espero que gracias a estos conciertos mucha gente pueda enterarse un poco más de qué es lo que sucede allí.

–Parece caprichoso que algo tan simple como un papel, o varios, como las hojas de un pasaporte, puedan condicionar un modo de vivir o de moverse. Tú después de muchos años tienes la nacionalidad española.

–Sí. La verdad es que lo profundo de mi vida no ha cambiado. Yo me siento igual antes de ser español o después. Han cambiado mucho las circunstancias, especialmente en los viajes. Durante toda mi vida, hasta que tuve la nacionalidad española tenía que viajar con el pasaporte libanés y es muy difícil conseguir visados, permisos de trabajo etc. Al pasar las fronteras siempre tenías que aguantar comentarios y controles desagradables. Siendo español es mucho más fácil. Es triste pero funciona así.

–En las próximas semanas pondrás el broche final a una gira de dos años con la que te has echado muchos kilómetros a tus espaldas. Había que terminar la gira 15 en algún momento.

–Sí, es verdad que había que poner final porque tampoco podemos celebrar los quince años durante otros diez. Además este verano he grabado un nuevo disco que lanzaremos a partir de noviembre con un nuevo espectáculo. Pero esta gira nos ha dado muchas alegrías y buenos recuerdos. Hemos ido por el mundo entero y queríamos acabarla con un buen sabor de boca, en sitios grandes, con una orquesta sinfónica.

–Vas a convertir las plazas de toros en auténticos teatros. ¿Qué le espera al espectador?

–Cuando vas a un concierto y te molestas en pagar tu entrada lo primero que quieres es disfrutar y emocionarte, que la música te entre. Esta responsabilidad la tenemos nosotros que estamos sobre el escenario. Somos todo un equipo de casi 70 músicos que vamos a intentar darnos en cuerpo y alma para que toda la gente que venga a vernos salga del concierto feliz y emocionada, sintiendo que la música le ha llegado.

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–Y en este no parar has sacado tiempo para un nuevo proyecto.

–Estoy muy ilusionado. Va a ser un disco entero de temas propios. Siempre he estado componiendo pero nunca me lo había tomado en serio. Este disco va a ser entero de composiciones mías. Y luego la gira va a ser la historia de mi violín. La gira que ahora cerramos, 15, era un poco la historia de mi camino. Este nuevo proyecto va a ser la historia de mi violín, que es mucho más interesante que la mía, porque es una historia de 300 años.

–Normalmente la música sirve como válvula de escape a muchos para desconectar. No es tu caso.

–Ciertamente este verano no hubo mucho tiempo de desconexión, pero como hago lo que me gusta y estoy enamorado de lo que hago la música me regenera, me hace feliz. Así que no me cuesta tener un verano sin desconectar. Luego si puedo descansar algunos días no me vendrá mal, pero de momento aguanto.

–Has actuado en mil sitios distintos, un campo de refugiados, un teatro histórico, un mítico club neoyorkino, un templo, una plaza de toros, en el metro… Más allá de la acústica, ¿hay un sonido del violín para cada lugar?

–La verdad es que sí. Obviamente, donde vayas tienes que adaptarte un poco y creo que cada sitio tiene su encanto y sus dificultades. Pero ahí es importante la experiencia, experimentar cosas y equivocarte. Es verdad que cuando tocas en la calle no lo haces de la misma manera que si estuvieras en un auditorio. Cuando tocas en la calle para mucha gente es otra sensación que no tienes en un teatro, donde también es muy bonito porque hay mucho más silencio. Hay que conocer estos matices. Me siento muy afortunado por haber tocado en todos estos tipos de escenarios. Hoy en día estoy preparado para afrontar cualquier lugar por raro que sea.

–¿Y un violín habla también a través de sus materiales o de su antigüedad? ¿Hay una relación personal músico-instrumento?

–Siempre la hay. Hombre, unos la tienen más que otros. Yo tengo varios violines y utilizo cada uno para un tipo definido de concierto. Pero la cosa no va más allá. Yo no hablo con el violín, no me acuesto con él, no le pongo nombre… Le tengo mucho cariño, pero sigo pensando que es un trozo de madera. Ahí se queda mi relación con él. No necesito ir a terapia [risas].

–La fusión nos ha enseñado que Manuel de Falla o Vivaldi son compatibles con U2, Led Zeppelin, Paco de Lucía, Bowie… Entiendo que estas experimentaciones nacen fruto de la admiración por estos músicos y estos estilos. ¿A quién admiras y todavía no te has atrevido a hincarle el diente?

–Todavía no me he encontrado con algo que me haya gustado y no lo haya hecho. Me siento muy afortunado en este sentido. Es verdad que en otra época de mi vida no era así. A veces tenía que tocar cosas que no me gustaban. Como parte de una orquesta o un grupo te obligaban a interpretar temas que no siempre te molaban. Pero hoy en día cualquier cosa que descubro que me gusta intento hacerla. No siempre me sale bien, a veces no llego a entenderlo o necesito más tiempo, pero por lo menos lo pruebo y tengo la suerte de llegar a experimentarlo incluso con el público. A veces en un concierto digo: “Mirad, es la primera vez que voy a tocar esto, quizá salga como el culo, me vais a perdonar. Si sale bien lo volveré a tocar, si no a lo mejor no lo volveré a interpretar jamás”. Creo que el público aprecia también esta honestidad.

–Sobre el escenario también llevas la comunicación no verbal al límite, usando el cuerpo como un instrumento más. ¿Ser irreverente es una necesidad para alguien que se considera tímido?

–Es una cosa que yo tampoco entiendo. Es verdad que en la vida real soy una persona muy tímida, un poco introvertido. Pero en el escenario soy otra persona. Muchos amigos dicen que no saben cuál de los dos es el Ara real. Tengo unos amigos que incluso me comparan con un galgo, porque este perro se vuelve loco cuando le sueltas la correa y luego al volvérsela a poner es súper tímido. Yo soy un poco así. En el escenario pierdo el control. En la vida real soy más contenido.

–El mundo de la música clásica está cargado de estereotipos. Elogios has recibido muchos, ¿cómo se encajan las críticas malas?

–He recibido muchísimas. Cuando era joven he llegado a llorar por críticas malas. Te afectan muchísimo porque piensas que es muy importante. Por desgracia, a veces incluso es importante. Pero hoy en día, obviamente, ya no me afecta. Incluso me hacen gracia. Me gustan las críticas malas. Yo antes les hacía mucho caso, hoy en día hago mucho caso a las críticas del público, cómo reacciona, cómo son sus comentarios, qué me escriben luego… Pero la crítica de alguien que ha venido contratado por un periódico no me influye. Obviamente si la crítica es buena estoy muy agradecido y si es mala, también, porque ha dedicado parte de su tiempo a venir al concierto para escribir algo. Pero ya no me afecta como cuando tenía 20 años.

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–¿Si algunos clásicos levantaran la cabeza, correrían a gorrazos a muchos musicólogos?

–Absolutamente. Ese el mundillo ya cerrado de la música clásica, donde todo es, por desgracia, un equipo de… [duda]. La palabra es fea pero sería un poco “mafioso”. Hacen equipo el promotor, el manager, el crítico. Se ponen de acuerdo para poner por las nubes a un artista o suspenderlo. Como el mundo de la música clásica sobrevive a base de dinero público, de ayudas, el público ya es secundario; no importa si los auditorios se llenan o no. Cuanto más provecho puedan sacar del dinero de las ayudas más contentos están. Esa organización entre críticos, managers y promotores invitan a tocar a los que les interesan y dejan fuera a los que no les interesan.

–Los niños son casi siempre los que menos prejuicios tienen. Tú has tenido la oportunidad de trabajar con ellos.

–Mi experiencia con los niños fue lo más importante. Sigo trabajando con ellos y es incalculable lo que aprendo. Me acuerdo de la primera vez que hice un concierto infantil, fue un desastre. Se rieron de mí y tenían toda la razón. Poco a poco he aprendido cómo estar ante ellos en un escenario. Hoy en día lo que me han enseñado lo utilizo para los mayores. De hecho ya no hay diferencia cuando hago un concierto para niños o para mayores, es lo mismo.

–La polémica LOMCE, la última ley de Educación en España, parece que desafina: Música deja de ser una asignatura obligatoria y pierde horas de clase.

–Es lamentable. No solo lo digo yo, lo dicen los expertos y terapeutas infantiles: un niño que tiene acceso a la música, aunque no sea por fines profesionales, siempre está mejor en sus deberes, es más rápido. La música activa neuronas y luego pueden sacar provecho de ello en sus vidas. La música da felicidad y para eso estamos en el mundo, para ser felices. Es una pena que con estas leyes cada vez se fomente menos la música, el arte y la cultura en los colegios.

–Está claro que lo que falta es una propuesta contundente. Así las cosas, ¿puede competir Beethoven con los cazadores de Pokemon?

–Por desgracia lo tiene difícil. Pero también podríamos decir que es una pena que la música de Beethoven no se haga escuchar como un concierto de rock. Solo se puede escuchar en un auditorio, en un teatro pequeño. Me da pena que la música de Beethoven no se escuche entre las masas de un estadio de fútbol. No es mucho peor que el pop o el rock, si acaso mejor.

–En ese sentido, últimamente hay más iniciativas para acercar la música a las masas, aunque sea virtualmente. El pasado 14 de julio el cuarto tema más comentado en Twitter fue I puritani. Una ópera de 1834 generó 1.600 mensajes cruzados en dos horas porque fue emitida on line por el Teatro Real. Unos ven en internet y las redes sociales un enemigo, otros un aliado.

–Por supuesto hay que verlas como un amigo, hay que sacar provecho de ellas. No soy un gran experto en redes sociales pero vivimos una realidad: internet está aquí y si no nos aliamos con la Red nos quedaremos a años luz atrás. La música clásica necesita mucho de Internet.

–¿Qué música le pondrías a la situación política en España en estos momentos?

–Cacofonía, gran cacofonía [risas].

–Si pudieras viajar al pasado, ¿junto a quién te gustaría compartir escenario?

–Tengo dos personajes. Los músicos que adoro son miles pero si tuviera que elegir con quién encontrarme elegiría a dos. Uno de ellos es Paganini, que es la persona que cambió toda la historia del violín. Es un personaje al que considero la primera estrella del rock en la historia de la música. Y luego Bach, que creo que es el pilar de la música en general. Todas las culturas se han inspirado en Bach. Así que Bach y Paganini.

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