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Cuando me preguntan qué libro leer en verano, suelo recomendar los Nueve cuentos, de J.D. Salinger. El libro se abre con un relato que transcurre en un hotel junto a la playa y concluye con otro que sitúa su acción a bordo de un crucero. Por sus páginas pululan decenas de niños inocentes y no tan inocentes, adolescentes perdidos y seres imaginarios. Los escenarios de las historias son un campo de béisbol, un café o un embarcadero. Es, por supuesto, un libro frío y desapacible como un invierno en un bosque helado.

En 1945, en una entrevista concedida a Esquire, Salinger habló sobre el libro que se merecían los combatientes, como él mismo, de la Segunda Guerra Mundial: “De momento, a las novelas de esta guerra les ha sobrado esa fuerza, madurez y oficio que los críticos buscan, y les han faltado esas gloriosas imperfecciones que se desprenden y caen de las mejores mentes. Los hombres que han estado en esta guerra se merecen alguna clase de melodía temblorosa interpretada sin vergüenza ni remordimiento. Ese es el libro que yo espero.”

Ocho años más tarde, en 1953, Salinger reuniría nueve de los relatos que había escrito durante ese tiempo para conformar lo que iba a ser su libro sobre la guerra. ¿Pero era posible escribir una novela bélica sin hablar más que de refilón de algunos episodios de guerra y a través de un puñado de relatos dispersos? Según la ya célebre teoría del iceberg de Ernest Hemingway, la materia más importante de toda narración no debe ser contada explícitamente, sino que debe quedar oculta, latiendo en el fondo del texto para que el lector sienta su fuerza pero no la vea. Esa clase de melodía temblorosa que pedía Salinger y que te sacude sin saber de dónde procede. Por supuesto, Hemingway cultivó esta forma de escribir. En uno de sus relatos más emblemáticos, titulado Colinas como elefantes blancos, un hombre y una chica se encuentran charlando y bebiendo en el bar de una estación del valle del Ebro a la espera de que llegue el tren expreso procedente de Barcelona. Los personajes hablan y nosotros como lectores asistimos a un pedazo de esa conversación del mismo modo que podríamos escuchar una conversación entre dos desconocidos en cualquier lugar público. No sabemos nada de ellos, sus alegrías y sus preocupaciones permanecen en el abismo de su intimidad, que jamás osaremos profanar. De manera muy hábil, Hemingway nos reproduce apenas un fragmento de esa conversación que quedará interrumpida en cualquier momento cuando el tren aparezca por el andén. El autor apenas se limita a intercalar unas aparentemente neutras acotaciones sobre los movimientos de los personajes (cuando se levantan del taburete o piden otra copa de anís) y descripciones sobre el paisaje, sobre esas colinas que los rodean y que a la chica se le antojan elefantes blancos. Sustraer información, incluso la más relevante, es fundamental para mantener la tensión narrativa. El también norteamericano John Cheever escribió 150 páginas en la primera versión de su relato El nadador. La versión final solo tiene 16. ¿Qué ecos permanecen en el relato de aquellas más de 130 páginas eliminadas? El viaje de Ned, el protagonista de la historia, atravesando las piscinas de sus vecinos es una auténtica odisea reducida a la mínima expresión. Pero Ned ha vivido esas páginas eliminadas que nosotros nunca leeremos y que le acompañan en cada brazada y en cada paso tambaleante en su regreso a casa.

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El relato inicial del libro de Salinger se titula Un día perfecto para el pez plátano y se abre con un largo y aparentemente insustancial diálogo telefónico entre una chica llamada Muriel, alojada en la habitación 507 de un hotel junto a la playa, y su madre. Gran parte de la conversación se centra en las alusiones despectivas que la madre realiza sobre Seymour Glass, el marido de Muriel. Seymour es un veterano de la Segunda Guerra Mundial y, mientras su mujer y su suegra hablan por teléfono, él se encuentra en la playa envuelto en su albornoz blanco. En 1949, Salinger se alojó en el hotel Sheraton de Daytona Beach (Florida) y ahí conoció a la adolescente Jean Miller, veinte años menor que él, y que poco después se iría a vivir con Salinger en su refugio de Cornish. Fue la primera de una selecta lista de niñas seducidas por el escritor a lo largo de su vida. Y el Sheraton de Daytona Beach sería un lugar al que constantemente regresaría: ya había sido el escenario de la ruptura sentimental con su primera mujer, Sylvia, en 1946; y en 1972 también elegiría ese lugar para terminar su relación con Joyce Maynard. Todo tenía que morir a la orilla del mar. También los amores perdidos.

En el cuento Seymour Glass juega en la orilla con una niña pequeña llamada Sybil, o lo intenta, porque una playa no es lugar para juegos. Es 1949. Cinco años antes, el 6 de junio de 1944, Salinger (y también Glass) desembarcan en la playa de Utah, en Normandía. Y junto a ellos 3.100 soldados estadounidenses más, 2.500 de los cuales estarían muertos a finales de aquel mes de junio. Salinger y Glass jamás abandonarían aquel lugar. El mar será para siempre el escenario de la guerra. No importa que la pequeña Sybil se le acerque para hablar del cuento del Negrito Sambo  y que se pongan juntos a buscar peces plátano. Hay algo a punto de estallar. A veces no es necesario apretar el gatillo de una Ortgies calibre 7,65. A veces el gesto terrible que desencadena el infierno es besar uno de los pies mojados de Sybil, que provoca que la niña abandone a Seymour y tenga que regresar a la habitación del hotel. Pero no hay escapatoria. Cinco años antes, de la playa de Utah pasará al bosque de Hürtgen, y de ahí al invierno de Las Ardenas y al olor a carne quemada en Kaufering IV. En el ascensor que conduce a Seymour a la quinta planta del hotel se concentra, oculto, todo ese periplo. Una desconocida le mira los pies con disimulo y se ponen a discutir. Seymour sabe que la guerra te devuelve su desquiciada mirada en el momento menos oportuno. Ya no hay vuelta atrás: el ascensor subirá demasiado rápido los cinco pisos. Después se adentrará en el pasillo, abrirá la puerta de la habitación 507 y solo quedará el olor “a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas”.

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