Hay barrios con esquinas donde se paren hijos para que vivan lo mismo que los perros. Ahora me entero de la muerte de uno de ellos y recuerdo el terror de divisarlo camino del colegio y saber que era capaz de olfatearnos a metros de distancia. Su manada y él nos lanzaban piedras sin acierto. Un día, éste, el muerto, me arrancó mis once años con un par de hostias. Yo llevaba meses creyéndome adulto, por algo acababan de darme mi primer juego de llaves… Dos hostias, y me dieron ganas de llorar y de beberme un vaso de leche tibia.

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Una noche, hace unas semanas, jugaba al billar con un amigo en un bar de esos que cierran poco, que se quejan como luciérnagas parapléjicas en medio del sosiego de las madrugadas de los días laborables. Se acercaron dos personajes. Querían compartir una partida. Uno tenía unos cuarenta años, el otro unos diecisiete. El primero hablaba, el segundo parpadeaba lentamente. «Examoh una partidica o qué, surmanicoh«. Jugaron y se fueron. Uno no tenía mala voluntad, el otro no tenía voluntad. Enseguida supe por mi acompañante que el joven era hermano del aquel que disparaba los guijarros que atravesaban nuestra pubertad. Me contó que hacía ya unos años que se lo había tragado el cementerio.

De adolescente, deshumanizaba totalmente a estas criaturas. Así me defendía. No pensaba en que, desde el primer día de su vida, respiraban la mentira química del ambientador sobre el eructo cenagal de los desagües; tal vez hasta los imaginaba naciendo directamente de las tuberías. No reparaba en que había madres detrás de ellos, madres que gritaban o se callaban, madres que avivaban con amoniaco la melena de la fregona.

Antes de morir, el chaval perdió varios dientes, pero no fue por la caries de la heroína. Una noche se le vio tambaleándose por el monte Benacantil, la zona en que recalábamos cientos de alicantinos con bolsas de botellas y vasos con hielo. Se acercó a un grupo y balbuceó algo. Lo miraron de reojo, no entendieron nada y le dijeron que se marchara. Quizás le pareció una buena venganza, quizás no pensó nada: metió una mano por debajo de la falda de una de las jóvenes que charlaba de espaldas a él, introdujo la mano y amasó su entrepierna con toda la fuerza y la precisión que fue capaz de reunir. Le propinaron una paliza, le endiñaron amparados por la rabia y el sentimiento de justicia hasta desalojarle unos cuantos dientes. Dudo que le doliera mucho.

El nombre no lo recuerdo, para mi eran una serie de apodos que dispensaban el mismo terror, todos vestían las mismas camisetas de tirantes y sus cabezas descalabradas levantaban estructuras de pelo gigantescas y secas que resistían con gomina de anteayer. Andaban con el cuello tieso y nos miraban las pulseras desde lejos.

Recibí dos hostias porque no tenía un cigarro, ni cincuenta céntimos, porque le supliqué que no me hiciera nada y según él le estaba vacilando. Por supuesto, le deseé lo peor.

Uno adivina después que estas criaturas son víctimas de algo intangible, uno intuye que hay extraños motivos por los que nadie les ha explicado que el azufre de los zócalos de las calles más limpias no se esparce contra ellos. Mientras tanto, esta gente vive con prisa, como aquel niño gitano que vi un día de Navidad. Le habían regalado unos pantalones que le venían muy grandes. El chiquillo, en lugar de esperar un año para poder llenarlos, luchaba por pinzar el tejido sobrante con las manos y si lo conseguía, durante unos segundos, se erguía y chuleaba.

Terminaron la partida de billar y desaparecieron. Desde luego, cuando el hermano del difunto se agarró al marco de la puerta para atinar a sacar los pies del local, no parecía que le esperara toda una vida por delante.

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