Suecia, Francia, Rumanía, Alemania, Croacia, España, Rusia (incluyendo la URSS), la antigua Yugoslavia, la otrora Checoslovaquia y… ¿Qatar?

El pequeño país del Golfo Pérsico estuvo apenas a unos minutos de hacer su entrada triunfal en este elenco privado de selecciones que han conquistado el Campeonato del Mundo de Balonmano. Ese club VIP europeo de equipos que portan una o varias estrellas en sus elásticas.

De hecho, estuvo tan cerca que si el extremo derecho Al-Karbi hubiera metido ese gol libre de marca a algo menos de cinco minutos para el final del partido quizás la locura se hubiera impuesto a la cordura, a lo que dictan las normas básicas de un deporte en el que, manipulando la frase mítica del exfutbolista inglés Gary Lineker, juegan dos equipos de siete contra siete y siempre gana Francia. Ese balón impactando en la madera echó al traste las últimas opciones con las que contaba la ya cansada selección ‘qatarí’ de tumbar a la todopoderosa Francia, un país tirano que ha conseguido hacer leyenda del Siglo XXI con Jerome Fernández como jugador más laureado y Omeyer y Karabatic como lugartenientes.

No obstante, esto no resta mérito al gran éxito conseguido por el combinado qatarí durante este mundial, cuya seña de identidad tiene la firma del buen hacer de Valero Rivera, el Aíto García Reneses del balonmano. El aragonés –producto de Can Barça– forjó aquel Barcelona de leyenda que batió todos los registros durante la década de los 90, alcanzando una excelencia en su juego solo comparable con la gran selección sueca de esa misma época.

Su hijo, Valero Rivera Folch, ha defendido unas identidades nacionales diferentes a las de su progenitor durante estas dos semanas de competición. En la clausura del Campeonato del Mundo, ambos luchaban por objetivos muy diferentes. El padre, por llevar a la conquista del título por primera vez a una selección no europea, un hito histórico sin precedentes. El hijo, por conseguir una nueva medalla de bronce para el palmarés español ante la Polonia de los hermanos Jurecki, de Jurkiewicz o Bielecki, entre otros. Ambos fracasaron en su empeño. Los Hispanos, regalando la medalla de bronce en los últimos minutos de partido contra Polonia, dejándose igualar y con la cabeza en otra parte durante la prórroga; los qataríes notando la miel en los labios tras realizar un colosal esfuerzo ante el combinado galo.

Después de la decepción tras vernos apeados por la mejor selección de la historia, la Francia de Onesta, el gran atractivo radicaba en comprobar si el sueño de las 15.000 personas que llenaban el faraónico Lusail Hall se haría realidad, empresa harto complicada ante Les Experts. El repertorio francés es de aúpa, abarcando desde la calidad de Karabatic, el lanzamiento feroz de Narcisse o Barachet, la efectividad desde la línea de 7 metros de Gigou, la definición desde el extremo de Porte o la fortaleza y dureza defensiva de Luka, el menor de los Karabatic, heredero del gran Didier Dinart.

Factores como el cansancio, la motivación, la presión o la actuación arbitral, normalmente casera en un deporte tan complicado de juzgar como el balonmano, deberían haber sido los ejes pivotantes sobre los que se decidiera el encuentro. Sin embargo, fueron diferentes las causas que explicaron el devenir de la final.

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Por un lado la portería, sin duda el puesto que más puede desequilibrar la balanza en un partido igualado. Que se lo pregunten a Cañellas, Entrerríos y compañía tras toparse infinitas veces con ese muro infranqueable llamado Omeyer, quien –cual dolor de muelas– año tras año acude puntual a su cita si es España quien se cruza en su camino en el momento crucial de las eliminatorias de un Europeo, Mundial u Olimpiadas. Curiosamente, fue Saric –el portero de Qatar, de origen bosnio– quien mantuvo al combinado árabe en el encuentro ante la superioridad gala en la primera mitad.

Por otra, la frialdad en los momentos clave. Esa sensación de balonmano-control que solo te la da el haberte batido en mil y una batallas en las que están en juego las medallas. Ahí es donde la selección francesa muestra todo su potencial, donde los demás se equivocan, se precipitan y ellos siempre tienen el pase adecuado, la finta correcta, el desdoblamiento o el latigazo desde la frontal idóneos.

No obstante, repasando hombre por hombre la alineación de la selección árabe, no deja de sorprendernos lo lejos que han llegado dejando por el camino a equipos tan potentes como Alemania o Polonia. Una vez dicho esto, uno cabe preguntarse: ¿Qué sintieron los integrantes de la selección ‘qatarí’ al saltar a la pista? ¿En qué lengua pensaban? ¿Qué banderas hubieran llevado en el pódium de conseguir la victoria? ¿Se hubieran envuelto todos en una gran bandera qatarí como si llevasen toda su vida acudiendo a rezar en las mezquitas cada día, supiesen escribir en árabe o hubieran portado enseñas del país del cual salieron buscando mejores oportunidades envueltas en petrodólares?

Al césar lo que es del césar. El trabajo realizado por Valero Rivera no deja de ser encomiable, pero no vayamos a pensar en Qatar como una potencia del balonmano mundial per se. O quizás sí, depende de la cantidad de jugadores que el oro negro pueda comprar en un deporte castigado duramente por la crisis, siempre a la sombra del fútbol o el básquet, y que en países como España ha ocasionado una auténtica fuga de jugadores que han hecho las maletas hacia el este de Europa o directamente con destino Península Arábiga.

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Repasando la plantilla de Qatar se cuentan hasta nueve jugadores nacionalizados procedentes de siete estados distintos: España, Cuba, Francia, Bosnia, Montenegro, Túnez o Irán. De entre ellos, historias para todos los colores. Quizás la más rocambolesca sea precisamente la del único nacionalizado de origen español: Borja Vidal, el tosco pivote de 2.06 que comenzó su andadura en el balonmano en el CAI Aragón, animado precisamente por su actual técnico, Valero Rivera, por entonces director deportivo de la entidad. Posteriormente recorrió la geografía española militando en el Algeciras, Teucro y Torrevieja para dar el salto posterior al Nantes francés.

Si no conocen su historia, se estarán preguntando qué tiene de especial el caso del pivote asturiano. El quid de la cuestión recae en los pasos previos a su llegada al CAI Aragón. Sus primeros tantos no los consiguió en la cantera del club maño, sino en el DKV Joventut. Sí, han leído bien. El portento asturiano llegó a debutar en la máxima competición del baloncesto español, pasando por otros equipos de LEB como el Melilla o el Bilbao de aquel entonces. Tras una fugaz etapa en el básquet italiano, recaló en un CAI Zaragoza que quería regresar a ACB. Allí, en la capital del Ebro, la visión de Valero Rivera y su decisión provocaron el cambio que le ha llevado, años después, a ser subcampeón del mundo.

Otro caso muy llamativo es el de Rafael Capote, exiliado cubano y potente brazo ejecutor de la primera línea qatarí, discípulo de Julio Fiz, ese descomunal lanzador de cuya fuerza fueron testigos en Ciudad Real o Logroño en su etapa en la Liga Asobal. Después de ser rechazado por varios conjuntos españoles, el lateral cubano ha encontrado su sitio en el emirato. Casos como Bertrand Roine, campeón del mundo con Francia en 2011, o Danijel Saric, otrora portero titular de Bosnia, amén de los montenegrinos Markovic y Stojanovic, configuran la columna vertebral de la selección.

Llegados a este punto, y recalcando de nuevo el incontestable éxito de esta selección cuyos jugadores tampoco a priori eran figuras mundiales, cabe preguntarse dónde está el límite. ¿Es normal que una selección cuyo 60 por ciento de integrantes y gran parte del equipo titular apenas lleven un par de años representando esos colores? ¿Es normal que no conozcan apenas la historia, tradiciones, lengua o cultura de Qatar, pero canten el himno como si hubieran nacido a mediados de julio a más de 50 ºC?. ¿Hubieran puesto una calle en Doha llamada Danijel Saric de ganar el Mundial?

Lo que está claro es que, pase lo que pase, el petróleo ha nacionalizado el balonmano. Los progresos de los países del norte de África, cuya pasión por este deporte les hizo alcanzar registros históricos como las semifinales de Túnez en su mundial o las buenas actuaciones de Egipto se quedan impotentes ante el fajo de billetes de los emires del oro negro. Ya ocurrió hace años con el futbol sala, con equipos como Azerbaiyán plagados de brasileños llegaron a las estepas ucranianas sin saber ni de lejos que existía Crimea, provincia ahora de triste actualidad.

Si bien la FIFA en futbol o la FIBA en baloncesto pusieron coto a las nacionalizaciones que se hacían a golpe de talonario, la IHF (International Handball Federation) debería empezar a replantearse dónde está el límite.

No obstante, esto sigue siendo deporte. Lo conseguido por Qatar queda en los libros de historia, pero el balonmano no descansa. El próximo evento, los Juegos de Río de 2016 donde España intentará terminar con ese maleficio que le ha impedido hasta ahora disputar una final olímpica. Por aquel entonces quizás volvamos a hablar de Qatar accediendo a esa hipotética final. Quizás la dispute contra Bahrein, o contra Emiratos Árabes Unidos. Jugadores en España que no cobran en la Liga Asobal les sobran. Fajos de dinero, también.

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