Las tres veces que me han operado en mi vida, las tres con anestesia general, con doce, diecisiete y veintitrés aňos, he pensado lo mismo en la noche antes de pasar por el quirófano: que es una lástima morir tan joven. Porque mientras los demás enfilan tamaña tarea con cierto desparpajo, yo lo hago directo pero desalentado, sin motivo alguno para pensar que todo va a salir bien.

 Por la maňana, paseaba por casa con aires disimulados, dubitativo, sospechando la poca gracia que me hacía la anestesia general. A mí esas cosas nunca me gustan demasiado. Tampoco estaba nervioso, simplemente reflexionaba de qué modo quedaba mejor despedirme de los demás y qué cosas grandes había hecho yo en la vida: ni siquiera había aprendido a cocinar decentemente. Si me moría, por lo menos que alguien publicara todos mis escritos y me convirtiera en escritor de éxito, cojones. Pero sopesaba preferir seguir vivo y no publicar nunca. Lo de escribir está muy bien, pero no tanto. Me sabía condenado porque un chaval de mi edad, así en la flor de la vida, sometido a una operación que se dice ‘fácil y rápida’, es carne de caňón para salir al día siguiente en los periódicos como noticia, lamentándose la negligencia de un becario de enfermería despistado. Para colmo, mi madre me había hecho dejar mi habitación completamente recogida y la cama hecha, lo cual se me antojaba casi un suicidio.

 Al llegar a la zona de cirugía ambulatoria, una mujer muy simpática me ha dado a firmar unos papeles, unos calzoncillos con forma de servilleta, una bata verde, pantuflas y gorrito, y un pequeño cuarto donde poder cambiarme. Hasta mi madre me ha hecho una foto. Parecía un pitufo desteňido que alzaba el pulgar muy contento. He seguido a la señora, que me ha puesto una pulserita de todo incluido con mi nombre y apellidos y me ha llevado a mi camilla. Cuando para pincharme la vía, tomarme el pulso y dejarme tumbado en esa espera me ha atendido una enfermera muy guapa, me he relajado. El ambiente era agradable. No sé qué me pinchaban, pero podía parecer todo muy vacacional. Lo único malo era la hora. Las tres de la tarde. Siempre se ha sabido que las operaciones importantes se hacen a primera hora de la mañana, que es cuando los cirujanos están más concentrados y menos cansados. Allí casi estaba anocheciendo, maldita sea.

 Ha venido a verme la anestesista y me ha preguntado, cariňosa seňora de mediana edad, algunas cosas sobre alergias y medicamentos, que me ha hecho dudar de todas mis certezas. Antes de irse, le he dicho que sí, que era yo alérgico. ¿A qué? Al melocotón. Y ha puesto una cara un poco rara, y he vuelto a decir que al melocotón, desde hace no mucho. Consciente de que una información así podía salvarme la vida. Cuando ha aparecido un hombre mayor para mover mi camilla, me ha dicho: «Así que alérgico al melocotón, ¿eh?, ¿sólo los fines de semana o también entre semana?». Entonces he tratado de explicarle, muy apurado, que no, que depende de cuándo lo comiera y que podía ser sólo a la piel y que…

 Al entrar a la sala de operaciones, me ha saludado una chica que parecía más pequeňa que yo, cargada con el oxígeno, y se ha presentado como alumna de no sé qué. Una becaria, joder, lo sabía, he pensado. ¿Y mi anestesista? Y se ha puesto la becaria a hablar con más chicas que había allí y me saludaban todas, monitorizándome, y una de ellas se ha quedado mirando muy atenta en la pantalla mis pulsaciones. La más jovencita. Estás un poco nervioso, me ha dicho. No, le he respondido, colocándome el flequillo y sorprendido, tratando de que bajara la voz, que aquello estaba lleno de chavalas y me iba a dejar en ridículo. Lo cierto es que yo no me notaba nervioso, y me han dado ganas de decirle que para estar a punto de morir me creía bastante tranquilo. Y la chica ha insistido: «Las pulsaciones no mienten, sólo un poco, pero lo estás», y me ha puesto cara de cómplice. Que casi me levanto y monto un numerito. Por suerte ha llegado el otorrino que iba a operarme y hemos hecho un par de bromas tontas para disipar las tensiones, como si me operase él allí cada tarde. Con los ánimos de la sala ya calmados, y yo bastante aturdido o borracho por lo que fuera que me habían pinchado, diciendo tonterías sin parar que es lo que hago cuando me pongo nervioso, ha vuelto la becaria a echarse sobre mí con el oxígeno, que casi intento zafarme de mis cables y gritar que qué habían hecho con mi anestesista, que era la única que sabía lo de mi alergia a los melocotones. Pero la muy canalla ha sido muy rápida en dormirme, no me ha dado ni tiempo a intentarlo. Lo cierto es que me ha dado rabia el perdérmelo todo, nunca había visto un quirófano tan animado.

 Al despertarme, tumbado en reanimación, me recuerdo diciéndole todo tipo de improperios a modo de flirteo a otra joven enfermera que venía a echarme un vistazo de vez en cuando. Al final ha venido una mujer mayor y doctora a decirme que me callara de una vez, y no sé si por salvaguardar mi garganta recién cincelada o por mis bochornosos delirios de post-operación. Nunca antes me había pasado. Después, me han servido una cocacola en vaso de plástico y me han sentado en un sofá con el palo del suero al lado, tapado con mantas, que me he sentido como una estrella del rock echada a perder. Con hielos y algo de ron, de verdad que podría haberme sacado de allí unos cuantos números de teléfono, incluso el de algún enfermero galán que me ha mirado con torpeza. Es que la cirugía ambulatoria es otro rollo, una fiesta. Lo que quedaba en mí de anestesia parecía tenerme algo confundido aún y al borde de la erección, desde luego no sé por qué. Las otras veces que me operaron reaccioné con mayor discreción, sin querer follarme a nadie.

 Y sentado ya en ese sofá y enchufado al suero, una chica que debía rondar mi edad se ha posado en el sofá de enfrente como una genialidad. Cabello corto, lacio y castaňo, piel lisa y tostada. Una sonrisa bonita, sin enseňar los dientes hacía mueca con sus labios retrocediendo la nariz. Creo, por sus gestos mudos, que también le habían quitado las amígdalas. Ella tenía a su madre al lado leyendo sus informes. Yo, a mi padre leyendo el periódico. Y notaba que me miraba de reojo de cuando en cuando, ella. A veces fijamente. Y yo lo hacía recíproco. Ha sido todo perfecto hasta que me he dado cuenta que ninguno de los dos podía levantar la voz para hablar al otro. Era aquello un lienzo frágil, y me he bebido la cocacola como si fuera un whisky, y me he levantado a mear muy seguro. “Ese chico está muy blanco”, ha dicho una enfermera al verme pasar. Y he meado y me he vuelto a sentar, hecho polvo. Un poco descolocado por el buen color de piel que tenía la chica de enfrente. Es que estaba hasta morena. Y cruzaba las piernas con elegancia en su asiento, pareciendo pensar en hermosos versos alejandrinos o en azules amaneceres, mientras yo me desplomaba tapándome otra vez con las mantas y pensando qué bueno el seguir con vida.

 Al marcharme he tratado de susurrar un hasta luego que no ha llegado a sonar, ha respondido su madre y ella ha alzado levemente la cabeza, de nuevo esa mueca en los labios. Hay que ver, qué intenso se queda uno después de la anestesia.

 

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