Hoy se cumplen diez años de la noche más intensa de la oleada de disturbios que azotó a Francia en 2005. El 5 de noviembre ardieron 1.295 vehículos y 312 personas fueron detenidas. La muerte de Bouna Traore (15 años) y de Zyed Benna (17 años) el 27 de octubre había prendido la chispa. Huían de la policía después de haber cometido un robo. Temían el interrogatorio y se escondieron en un transformador de alta tensión que los achicharró. Eran musulmanes de origen africano y vivían en un suburbio de París; eran “escoria”, según Nicolas Sarkozy, a la sazón ministro del Interior. Ese mismo día, 200 miembros de esa escoria herida, escupida e ignorada incendiaron quince vehículos y desataron la cólera de miles de miserables.

La opinión pública de los españoles se erizó. Se levantaron como púas los argumentarios del sentido común. Había líneas rojas intraspasables: la violencia invalidaba lo razonable de la protesta; el terror abrumaba cientos de pares de ojos cuando imaginaban su propio coche ardiendo. Vaya salvajes, lo que tenían que hacer era adaptarse, los acogíamos y nos lo agradecían con vandalismo, qué culpa tenía el pobre trabajador al que le chamuscaban su vehículo. Hubo una oleada de solidaridad automovilística.

La mayoría de la gente no admitía, porque ni siquiera se lo planteaba, que a aquellos, a los violentos los había vapuleado desde la cuna una injusticia inabarcable de la que tampoco tenían culpa. La rabia de los pobres es justa porque proviene del colapso. El humano suburbial nace y mama los códigos de la resignación y la sumisión, se le atan las manos al estómago y los ojos a la esperanza de un vaso lleno, quiero decir, se les arrincona en la mera oportunidad de supervivencia. Nadie los dota de recursos ajenos a los fisiológicos, y ellos con suerte se confeccionan un orgullo para inmunizarse y se ejercitan en un amor comunitario, de tribu abocada a la resistencia. No hace falta irse muy lejos para entender esto, preguntad a vuestros abuelos.

El hombre occidental quiere que los miserables guarden silencio: la clase alta por ser alta, y la media por complejo y por una tonta aspiración de prosperidad y tumbona y rodajas perfectas de limón. No se les escucha cuando piden ayuda, cuando denuncian abusos y luego se les exige diálogo y razonamiento y se les criminaliza por lanzarse a la avenida. ¿Acaso no se les está traicionando de nuevo?

Ayer llegaron a Luxemburgo los primeros treinta refugiados que Grecia consigue reubicar. Guerra, muertos, hambre, mafias, fronteras, concertinas, mutilaciones, muertos, barcazas, muertos, hambre, panes a rebato, policía, palos, jaulas, hambre, muertos, niños, muertos. Treinta, sólo treinta. Aún. ¿Tendremos la cara de pedirles diálogo cuando pierdan la paciencia? Seguro que sí.

 

Fotografia: Daniel Lobo 

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