Respondía Pablo Iglesias a una pregunta de Ana Pastor sobre monarquía o república como sistema político en España: “Sentido común”. Una perogrullada que, en España, es un debate que siempre sacan los rojos. La prorrogación del régimen borbónico en la jefatura de Estado es una cuestión carente de lógica, precisamente en uno de los aspectos en los que la razón debiera imponerse más –y no tanto en cuestiones como la religión, el arte o la convocatoria de Vicente del Bosque–.

La historia de la monarquía es una decadencia continua desde su apogeo absolutista. Justo un paralelo inverso a la madurez de algunos pueblos. Tras la Guerra de Independencia, Fernando VII instauró el absolutismo (1814), aunque fracasó por ser un modelo obsoleto ante la experiencia liberal de las Cortes de Cádiz en 1812. Los españoles no privilegiados en el Antiguo Régimen habían abierto los ojos. El Trienio Liberal (1820-1823) interrumpió la senda todopoderosa del monarca, que consiguió derrocar la experiencia progresista con la Década Ominosa, si bien el absolutismo ya era más nominal que de facto. Desde hace mucho tiempo –se consiguió en 1931, aunque duró cinco años– la monarquía es un modelo que debió desaparecer en España.

El debate monarquía versus república siempre ha estado contaminado en un país que mantiene su enfrentamiento 80 años más tarde. Basura intelectual que, en realidad, poco tiene que ver con la elección de un sistema u otro. Lo que llevó a la Guerra Civil española se escapa de la disputa entre monárquicos y republicanos. Todo se ha resumido entre una riña de rojos de izquierda y fachas de derecha. La inestabilidad no vino por falta de un monarca, sino por la poca madurez de algunos sectores de España que no aceptaron un resultado legítimo conseguido en las urnas. Su escudo de defensa fue la monarquía, suplantada posteriormente por la figura de Franco, el salvaguarda del trono, el monarca sin genes.

Decidir entre república o monarquía no es una cuestión de ideología política, justo lo que en España mancha y ensucia un debate imposible de tratar sin hacer mención al signo político de los contertulios. Francia, donde la monarquía absolutista fue modelo para otras potencias europeas –también España, en plena decadencia imperial–, ha tenido más gobiernos derechistas que progresistas al frente de su república. Lo mismo ha ocurrido en Italia desde el final de la II Guerra Mundial. Una república sí puede ser de derechas. Lo corto de miras que anda el intelecto español en materia política ha negado semejante obviedad.

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República no quiere decir quema de iglesias, supresión de procesiones y persecución de la religión. El discurso histórico español ha establecido que los republicanos son unos herejes, que expropian la propiedad privada y van en contra del capitalismo. Que ellos representan inestabilidad para el país. Esos supuestos defectos no dejan de ser producto de una ideología de izquierdas, que no republicana. ¿De dónde viene esa asociación entre desorden y república? Del adoctrinamiento recibido durante cuatro décadas de dictadura y de una Transición ficticia que soterró el legado republicano.

El presupuesto del que dispone la Casa Real en 2015 es de casi 8 millones de euros. Proclamar la república no supone recortar esa partida, pues no se suprimiría la Jefatura de Estado. Eso sí, probablemente la partida económica sería inferior. La república no es un sistema político con el modo ahorro activado. Ese es un argumento secundario.

De ese presupuesto millonario, 187.356 euros van destinados al padre del Jefe de Estado. ¿Se entendería que el padre de François Hollande tuviera tal asignación sólo por ser el progenitor del político francés? En España, sin embargo, eso ocurre. Tampoco se entendería que la esposa y los hijos (en caso de que fueran mayores de edad) de Giorgio Napolitano cobrasen, entre todos, 234.504 euros, sueldos mayores que el del Jefe de Estado.

Se escapa del sentido común que por el único mérito de sucesión hereditaria, en España haya personas con tales atributos salariales. Las herencias son desiguales, sin embargo. Solo hay que comprobar el estigma social que acarrean los hijos de los asesinos o violadores. Ellos pueden ser excelentes ciudadanos, pero deben cargar con el sambenito de tener un padre criminal.

¿Por qué no podemos tener un Jefe del Estado electo? ¿Por qué cuesta tanto, siquiera, planteárselo? Una persona formada, preparada, cuyo sueldo no sea producto de la unión de un espermatozoide con corona y un óvulo de sangre azul, que no esté por encima del Estado –y del resto de ciudadanos– gracias a una inviolabilidad judicial presente en una Constitución que algunos siguen señalando como el germen de la democracia en España. A usted, que alza la voz para que viva el Rey, si mira a su hija, ¿la ve inferior a la Infanta Leonor? Si, de verdad, posee algún argumento para justificar que a la persona a la que le dio la vida merece menos que otra pequeña sin ningún otro mérito más que la vagina de la que salió, debe estar asesorado por el diablo.

Si mañana hubiera elecciones para elegir al encargado de ocupar la Jefatura de Estado votaría, sin dudarlo, a Felipe VI. No hay persona mejor preparada para tal responsabilidad, pues ha estado décadas en formación para desarrollar esa labor. Y con la misma persona, habría cambiado mucho en este país: la sutil diferencia de alguien electo y legitimado por sus ciudadanos, a alguien colocado por la genética e ilegítimo frente a sus súbditos. Y si Felipe VI consigue enseñar, preparar y formar a su hija Leonor para ser una apta Jefa de Estado, votaría a su persona para tal cargo, como hice en su momento con su padre cuando decidiera dejar de presentarse al puesto. Un Jefe de Estado que rinda cuentas a diario y sometido a reválida cada cuatro años.

La república no conseguirá por sí sola que su hija tenga las mismas oportunidades que los vástagos de un Jefe de Estado electo, ni que su hermano encuentre un trabajo ni que usted acabe de pagar la hipoteca de su piso. Seguiremos viviendo en el país del despilfarro. Arreglar ese problema es más complejo que la simple elección entre república o monarquía. El cambio está en cada ser humano, en su mentalidad. Pero elegir democráticamente al Jefe de Estado quizás sea una buena manera de asumir responsabilidades. A no ser, claro, que España siga escondiéndose cada vez que escucha la palabra responsabilidad.

Ilustración: Manuel León Moreno

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