Me he pasado estas últimas semanas muchas horas de domingos hablando con R, a veces serios, pensativos, otras a risas, de los viajes que ha hecho en lo que lleva de vida. R trabaja con números resolviendo conflictos fiscales y cada vez que tiene un hueco coge un vuelo y vuela alto. Todavía sigo preguntándome si es por ese espíritu ampliamente libre que lo gobierna o por qué otra cosa será, si tal vez los genes, que a sus cuarenta y cinco años se le echan fácilmente menos. De esto doy fe rotunda y así lo suscribo ahora para no dar pie a pensar que voy a hablar de alguien mucho mayor por lo que uno lee a continuación.

Dice que desde niño siempre se imaginaba yendo a la India. Ya entonces daba pistas de su gana insaciable de ver, no le importaba desde qué perspectiva, bien de pie o acostado, como lo constata su madre al contar que de bebé lo sorprendía en la cuna con los ojos abiertos tanto de día como de noche (y matiza que nunca lloraba), una postura muy adecuada para que un niño ponga en funcionamiento la máquina de imaginar. De momento estaba en su cuna, en silencio, mirando el techo con sus ojos oscuros y muy grandes porque ya tenían el tamaño que tienen hoy. Y aun siendo un bebé tranquilo, lo que es una garantía para una madre que espera dormir de un tirón, no la tranquilizaba verlo con los ojos como platos cuando lo miraba en mitad de la noche. Puede que este hábito sea debido a que R haya nacido con un hambre de ver que a otros se les despierta en períodos concretos con fecha cerrada de ida y vuelta, escasamente en vacaciones y puentes, a los que sacan partido muy por encima por no entrar en las profundidades que demanda explorar las opciones que el mundo ofrece en bandeja.

Pero R tenía un sueño, y por si cupieran dudas sobre su firme intención de cumplirlo es él de esas personas que piensan que un viaje lo arrancas cuando te pones con los preparativos, por muy lejos que quede el momento de poner un pie en donde ahora tienes los pensamientos. Y puesto que él llevaba mucho tiempo preparándose para poner los suyos en la India, un país tan grande que para imaginárselo en plenitud se leía libros del siglo XVIII en los que se habla de viajes a lejanos parajes, completamente desérticos, donde solo habita la nada, lo esperable sería que su primer destino de adulto fuese ése. Qué va. Lo convencional para él no es norma, por descontado, sino solamente la excepción, si bien en su mente estaba ir a Jaipur y a Calcuta cuando fuera el momento adecuado, que en efecto lo hubo (y le cogió gusto).

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Recién cumplidos los dieciocho y después de haber vivido en varias ciudades de España, y cuando ya se dispuso a escoger destino libremente —muchas veces con billete de ida y sin fecha pensada de vuelta, con cero estrés al no tener que ceñirse a ninguna cota de tiempo, a veces acompañado y otras solo porque dice que la gente le molesta— empezó a descubrir una lista heterogénea de sitios, desde Laos hasta Alaska, de Nueva York a Nairobi, y aunque no se fue a la India decidió acortar distancias y conocer Turquía, que en el mapa está a medio camino. Abrió bien los ojos para ver las caras de la gente, sus manos, sus pies descalzos, la tristeza con motivo, la alegría sin motivo aparente, y a partir de entonces alguna vez se tapó la boca ante la náusea que sube por la garganta cuando se ve tanta miseria en un solo sitio, tanta opulencia en otro, tantos mundos opuestos en uno único, con lo que confirmó lo que sabía desde que aún no tenía uso de razón, y es que el mundo que va descubriendo le repugna y le fascina a partes muy desiguales. Lo vive con un espíritu viajero que aúna los de Marco Polo, Herodoto, Magallanes, Dominique Lapierre, todos ellos personajes que por tener algo en común le hacen ser a él benévolo ante lo desconocido y receptivo sin juzgar, siempre tomando la debida distancia, aunque también se le notan destellos de admiración por Manu Leguineche por lo mucho que se identifica con lo que hay en su libro El camino más corto, que leyó tras volver del primer viaje a su sueño.

A sus cuarenta y pocos, pues, puede presumir, que no lo hace, de conocer Sudamérica de arriba abajo con escasas excepciones (le quedan por pisar la Isla de Pascua, Paraguay y Bolivia), además de haber estado en Guatemala, Belice y Honduras. Ha vivido en Portugal, en Chile, en Puerto Rico, en México, y un año en Australia y otro en EE UU, los que se sabe de memoria. Se fue a Canadá, a Alaska, estuvo en Tanzania y Zanzíbar cuando el turismo allí no existía, en Kenia, en Somalia, en Namibia, en Zambia, en Zimbabwe, en Botswana, en Malawi, en Marruecos, ha ido varias veces a Sudáfrica y a Mozambique, a Japón, a China, a Vietnam, a Camboya, a Singapur (por trabajo unas veinte), a Indonesia, a Tailandia, a Laos (¿conocéis a alguien que haya ido a Laos, aparte de la escapada que hizo Juan Guerra?), ha pisado Birmania y Corea del Sur, Malasia, Maldivas (aquí confiesa que le sobraba gente), Bangladesh, Pakistán de segundas hace pocos meses y en contra de la opinión de los que le quieren, conociendo ya también Siria, Jordania, Líbano y Egipto, del que le abrumó lo rotundo que es Abu Simbel hasta dejarle el pulso desmayado de tanto contener las emociones que tuvo al toparse con él de repente, cuando parece que no va a haber nada que ver, el mismo embobamiento que le produjo recorrer los pasillos del Museo Arqueológico de Lúxor.

No obstante todo lo anterior, R tiene un pero muy gordo que lo condiciona al escoger destino (un pecado, en mi opinión) y es que no le gusta el norte, o por lo menos el norte de Europa. Detesta el frío aunque haya una buena lumbre, la lluvia le molesta en casi todas sus variantes, el color verde solo lo quiere en corbatas anchas y camisetas de pico, que le favorecen. Por el contrario adora incondicionalmente la arena de los desiertos, como pude comprobar al ver que se le achinaban los ojos mientras me contaba uno de los fenómenos más bonitos que ha visto hasta ahora, geográficamente hablando, que fue en Ergh Chebbi (Marruecos) después de subirse a una duna de ciento cincuenta metros y sentarse a mirar embobado las bellísimas ondulaciones que el viento le hace a la arena hasta formar un mar de dunas en un desierto interminable. Y esto al atardecer y solo, nada menos. Me aclara que otra maravilla es ver el Everest desde la ventanilla de un avión (se queda absorto unos segundos largos) y luego sonríe (no es muy dado a la sonrisa, así que anoto el momento) al acordarse de una puesta de sol en Myanmar (Birmania), «un lugar como ningún otro conocido», que decía Rudyard Kippling, y un lugar que yo sé que no ha cambiado apenas desde la época colonial británica, con lo que eso conlleva para quien aprecia lo bien conservado. Sus miles de stupas en las llanuras de Bagan, me cuenta R, lo tuvieron extasiado desde el primer vistazo y no menos absorto el tiempo que el sol tardó en desaparecer. Una de ellas es de oro, la que llaman Ananda, y los últimos rayos se reflejan en ella como si fuera posible alumbrar el planeta, un espectáculo gratuito entre ésos a los que no se les puede poner un precio.

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Pero a su pesar de sus reticencias, del clima y de una posición poco flexible que le hace tirar hacia el sur siempre que decide por su cuenta, las circunstancias le han llevado involuntariamente a no perderse unas cuantas gemas cuando el trabajo se lo ha impuesto —Londres, París, Berlín, Fráncfort, Ámsterdam, Varsovia, Wroclaw, Estocolmo— destinos que también computan. Y los disfruta, dice, con reservas. De hecho se relaja hasta llegar a tener esa sensación de vacío al no saber al despertarse en qué país se encuentra, como le pasó alguna vez cuando estuvo viviendo un tiempo entre Europa y Sudamérica, dos días alternos en cada continente.

Me estoy acordando —a modo de refresco y sacando de esto algo más de literatura— de que Kippling además de nacer en Bombay pasó los primeros años de su vida en la India antes de que lo enviaran a estudiar a Inglaterra. Pues bien, en su famoso poema If, alegato condicionado que quien lo lee decide hacerlo suyo como declaración de intenciones, dice en alguna parte que: «Si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,/pero admites también sus dudas…», lo que podría ser un resumen brevísimo del libro de estilo que rige a R. Tal confianza tiene en sí mismo que no le extraña la duda que le demuestran quienes no se tienen por tanto, a lo que ha llegado pasando por cosas que le hacen a uno filtrar lo espinoso hasta saber procesarlo adecuadamente para que lastime menos o no te reblandezca. Así la apariencia es de hombre práctico que se aviene a pocas contemplaciones o sentimentalismos mientras dentro de sí se reafirma en ser él mismo, con notable éxito. Y con esa premisa, con esa predisposición a comerse la vida a bocados y degustarla de a muy pocos hasta notarla dentro de él, una vez se traspasa la piel, se fue a conocer por fin la India hace veinte años, cuando no pasaba de los veinticinco y respiraba ilusión. No fue solo esta primera vez porque la compañía que se llevó era entonces su amor, aunque las otras veces que ha ido varias de ellas haya sido sin lastre de ningún tipo.

Y llegar a Delhi a las cinco de la mañana a un aeropuerto cutre y destartalado en el que hasta los ventiladores tienen capas de mugre de hace décadas (luego lo remodelaron y hoy su aspecto es otro), en el que en el control de aduanas te miran como a un criminal en busca y captura y te vapulean, fuera es todo caos y ruido, calor sofocante y humedad insoportable, y donde para conseguir taxi hay que pelearse a voces con los taxistas para lograr que te lleve el más canalla, fue para R un choque de realidad demasiado brusco para que su sueño empezase bien. Mas aun con todo y con lo por venir, para quien tiene ganas de ir a la India y conocerla a fondo un mes no llega, y R lo sabía, y por eso con tiempo ilimitado y una mochila con cuatro mudas se adentró en ella como quien se mete en la boca del lobo, con mucho leído pero a oscuras, con previsiones pero sin certezas absolutas. Y al subirse finalmente al taxi y andar entre callejones con la ventanilla bajada para no desmayarse con los frenazos, el agua sucia de un bache se le metió literalmente en la boca como un aviso explícito de lo que aquel viaje iba a ser para él. No le cupo duda cuando llegó al hotel —pasando entre montones de basura, casas que se caen a pedazos y vacas comiendo a sus anchas— o lo que entonces allí llamaban hotel en una calle inmunda de una ciudad inmunda que era un laberinto donde se perdían hasta los taxistas, y donde el alojamiento que había visto —y no en cualquier sitio sino en Lonely Planet, una referencia de lo más fiable aunque con pocas fotos o ninguna de la morada en cuestión— era un nido de inmundicia con luz tenue de burdel y una escalera estrecha que llevaba arriba, a un anti-paraíso sin los mínimos requisitos para considerarse tan siquiera un hospedaje decente y barato acorde a lo que había en la guía. Y dio media vuelta.

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Fue tal la decepción (con todo: el primer golpe de calor, el trato en la aduana, el trato del taxista, el falso hotel, el cansancio, las expectativas a corto plazo de que aquello fuera a mejorar…) que solo habían pasado cinco horas cuando R tomó la decisión de irse a Nepal. Recapacitó y no lo hizo inmediatamente, no lo hicieron. Se iría él más tarde, cuando se quedó solo a las cuatro semanas. Desde Delhi fueron a Agra a ver el Taj Majal, donde el olor que recuerda es a cloaca y a aceite grasiento de curry (cero romanticismo; en todas partes huele a algo y ese olor, el que sea, se graba en la memoria para siempre), y después de cuatro días cogieron un tren a Púshkar, y no un tren cualquiera. Se trataba de un tren viejo con muchas carencias que gracias a eso tenía el encanto de los que se toman para hacer un viaje corto, entre dos destinos importantes, que inesperadamente termina resultando inolvidable. Para empezar era de vapor, lo que le daba mucho más que un estiloso aire decimonónico, y en vez de ventanas tenía barrotes y por puerta de entrada colgaba un papel donde estaban escritos los nombres y la nacionalidad de los pasajeros. Una delicia, para variar. Ahí es la primera vez que R dice haber disfrutado de la India, la primera vez que estuvo a gusto en ella. Luego vino Benarés, donde un tipo se le acercó para ofrecerle sexo con mujeres, con niñas, con hombres, con bebés… No hay comentarios.

Nepal le pareció fascinante. Cruzando la frontera recuerda los bancales de arroz y los bosques de maría, kilómetros y kilómetros, y a diferencia de donde venía, ni por asomo tan profuso en colores, en Katmandú se atemperó con el color que asalta a quemarropa a quien llega, con las casas modestas y atractivas, con los templos soberbios, con las vestimentas granates, anaranjadas o amarillas de los monjes tibetanos (budistas lamaístas), con las calles atestadas de gente que proviene de todas partes, con la alegría que el país contagia al que va con la mente muy abierta. Se le colaron en el cerebro los sonidos corrientes, los rezos sagrados a deshora, la música callejera, se empapó del ambiente festivo, del buen humor de la gente, de su empeño por ser afables y acoger con los brazos abiertos (sigo hablando de hace veinte años). Así mismo fue —cómo no iba a ir— a ver a la Kumari (las archiconocidas Kumari —R las conocía, yo no—, son diosas vivientes, intocables, que viven aisladas recluidas en el Kumari Ghar, su palacio, que no dejan de ser niñas de carne y hueso que de muy pequeñas han sido escogidas para cumplir esta función y cuando menstrúan la primera vez se cambian por otras y vuelven entonces a ser niñas normales tratadas como iguales). Hay muchas a lo largo de todo Nepal pero la más conocida es la Kumari real, la de Katmandú. Uno entra en el templo, la llama a voces («¡Kumari!, ¡Kumari!») hasta que la niña-diosa, si lo tiene a bien y está de humor ese día, se asoma tras una balaustrada de un balcón alto y saluda, en esta ocasión con cara de pocas fiestas. Eso es todo. Ah, y se deja dinero por haber visto lo que se ha visto. Asombroso, curioso y bastante triste, pienso en voz alta. Un rito éste, el conjunto, que tiene nada menos que setecientos años de historia, uno más en medio del nido sin fondo que es el mundo por lo que se refiere a curiosidades, la mayoría de ellas incomprensibles si no se pone uno en el lugar de los que profesan determinadas creencias. Por eso R habla con tiento de lo que ha visto y es escrupuloso al explicarlo.

Y como él había previsto, la imponente presencia del Himalaya lo dejó boquiabierto, perplejo, mudo. Fue un imán para mirarla todas las veces que tuvo el instinto de sentirse pequeño. Aunque si ha de decir una visión que estropeó el hechizo y provocó que renegara un segundo de haber pisado Katmandú, un momento terrible en su vida, fue ver a un pederasta a punto de actuar (un europeo maduro semidesnudo en la terraza de un edificio con dos niños pequeños nativos a los que acarició el cuello e «invitó» a entrar en la habitación, como si ya estuvieran acostumbrados los tres). Habría podido vomitar allí mismo, que era lo que a buen seguro le pedía el cuerpo. Llorar no va con él y lo otro quizás lo hizo. No sé, no me atreví a preguntárselo. Y en vista de la racha no acabaron aquí las ‘anécdotas’. Quisieron cobrarle por ver la cremación de un difunto a pesar de ser un rito que se hace públicamente y del que tuvo la prudencia y el respeto de apartarse lo suficiente como para pasar desapercibido, no así otros turistas que estaban más cerca. Pero el afán recolector hindú les lleva a ser maestros de la extorsión, seguramente por lo penoso y difícil que es para las castas más bajas conseguir algo de dinero.

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De regreso en la India se paseó por el templo de Shiva de Kapaleeshwarar, volvió feliz a Delhi —seguramente para disipar el mal recuerdo de las primeras horas en el país de sus sueños de niño—, donde ahora ya no tiene los miedos que tuvo al llegar, cinco semanas antes. Por cierto y a modo de hecho insólito, de esta vuelta vio muchos japoneses, nada extraño con lo que viajan, pero éstos iban andrajosos, lo que le extrañó por el contraste de lo pulcros que son los que se ven por el mundo adelante y lo ordenado y limpio que es Japón (que él conoce de primera mano, como he dicho arriba). Aquéllos parecían mimetizados con el ambiente general de la ciudad, que es igual de ruidosa en esencia y de parecida en filosofía de vida que las otras ciudades de las que R ya se iba haciendo una composición de lugar para comprenderlas sin juzgar.

Ahora, en efecto, está en su sitio, con los pies enraizados, relajado, sin estrés, de alguna forma purificado e integrado en una manera de sentir que hasta hacía muy poco no era la suya. No es que haya abrazado una religión distinta a la católica, no es eso. Lo que hace es desconectar, dejarse llevar, respetar, mantener una distancia de cortesía, observar y guardarlo todo en su retina y en el cajón de la memoria donde guardamos las cosas preciosas que nos hacen sentir bien sin más. Se adapta, se acopla, inspira y espira un aire nuevo, una luz, un sonido, unos sabores distintos. Recibe aquello que necesita y se da por satisfecho. Y por eso ha vuelto cinco veces. Y por eso dice que quiere volver. Siempre quiere volver, sin medir el abismo al que se lanza. Porque ya no es como antes. La India está occidentalizada, ha cambiado mucho desde el primer viaje, me dice con una voz que alerta pena. Hay que adentrarse mucho en las aldeas o ir a Calcuta para encontrar lo auténtico que hace años se encontraba en cualquier parte del país. Por eso ahora tiene la mirada puesta en Pakistán y Bangladesh, donde todavía encuentra lo que busca, donde sigue habiendo lo que permanece intacto, lo que no se ha movido, lo que no muta por mucho tiempo que le pase por encima.

Mientras ya es de noche y nos levantamos de la terraza donde llevamos horas, R me sigue hablando de ella, de su India, de sus experiencias riquísimas. Me explica que te da o no en función de muchas cosas. Te pone al límite de tus fuerzas, te prueba como persona cada minuto que estás allí. Te hace someter el cuerpo a retos que no ha tenido antes y lo bueno es que resistes. Ves contradicciones, piensas de otro modo, vives por unos días o semanas como viven los que creen que vivir es una meta de un momento para otro.

Nos dejó mal cuerpo saber del terremoto en Nepal (que afecta a China, a la India, a Bangladesh), a mí por implicación emocional. Cosas, coincidencias que hay en la vida que abruman al más pintado. Ahora que ha pasado esto por la acción de fuerzas mayores contra las que no podemos luchar por muchos medios que inventemos para ponerles remedio a tiempo, se sabe uno más consciente de lo poca cosa que es ante lo que ocurre de ahora para después, en un minuto muy largo. La torre Dharahara, la torre Bhimsen son más que símbolos, son vida a la que mirar desde el suelo, un suelo demasiado quebradizo. Le digo a R que me duelen las imágenes y él me dice que ya nunca podré verlo.

Fotos: R

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